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En 2007 yo vivía en América Latina. Apenas llevaba dos años allí, y en uno de mis viajes a España hice escala en Venezuela porque me pidieron que tomara un pulso rápido del país ante el inminente referéndum constitucional que Chávez impulsaba y que le permitiría la reelección indefinida. ¿Qué se palpaba en la calle? Al menos en las de Caracas y alrededores. Fueron apenas unos días.

Un amigo –venezolano– me llevó de vuelta al aeropuerto, y este es un resumen de lo esencial de la conversación:

–¿Qué? ¿Qué crees que pasará?

–Creo que no gana el referéndum –le respondí.

Esos días había estado hablando con mucha gente de la clase media que aún apoyaba el chavismo pero que no quería alterar la estructura política (es decir, gente que creía en las instituciones, y que dentro de ellas apoyó a Chávez).

–Te equivocas –me respondió–, una dictadura no convoca votaciones para perderlas.

Recuerdo que me despedí pensando que había perdido (él) la perspectiva sobre su país. Me pareció que se equivocaría en su pronóstico y que exageraba en el carácter político del chavismo.

–Pinochet perdió el referéndum –le respondí, sintiéndome más listo que él.

Unos días después, cuando se confirmó la derrota de Chávez en el referéndum, le escribí un email escueto:

–¿Viste?

No me respondió. Mantuvimos contacto esporádico, aunque no nos vimos personalmente de nuevo hasta hace unas horas.

En 2009, tras el segundo referéndum constitucional que sí ganó Chávez y le permitía presentarse a la reelección indefinida, me escribió un escueto email:

–“¿Viste?” –me escribió entrecomillando mis palabras, e insistió–: una dictadura no pierde elecciones.

Cuando en 2015 la oposición ganó las elecciones legislativas y se hizo con la Asamblea Nacional, le escribí, con cierta chanza e intención de retomar el contacto:

–¿Viste?

A lo que él, con cada acción de Maduro contra la Asamblea o gobernadores o alcaldes, me estuvo respondiendo durante estos años:

–“¿Viste?”

Hace unos días le pregunté cómo veía que se resolvería el asunto de la Asamblea y la Presidencia, y volvió a utilizar su frase de 2007.

–Una dictadura no convoca votaciones para perderlas.

Su email fue tan parco que me dio la sensación de que no quería seguir hablando, de que todo redundaba en su análisis de 2007.

Hoy le vi, aquí en Madrid. Viene desde Colombia, donde estaba, a quedarse en España. Le esperé en las escaleras de la parada de metro de Tribunal, y antes de darme un abrazo, lo primero que me dijo con una sonrisa amarga fue:

–“¿Viste?”

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About Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado (Málaga, 1983), es analista político-económico, editor y ocasional traductor. Trabaja como consultor empresarial independiente. Ha sido consultor en América Latina, región en la que ha vivido intermitentemente los últimos años. Ha colaborado o colabora con regularidad en EL PAIS, AHORA y El Estado Mental. Fue redactor de Cultura en infoLibre. Es también redactor de informes en la editorial Acantilado. Pertenece a la red de periodistas culturales de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) Ha traducido, entre otros, a Bob Woodward, al marqués de Sade, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro Miami y el sitio de Chicago, prologó. Ha prologado la reciente edición de Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Antes de eso, fue librero y se licenció en Economía.

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