milan

Su vuelo de Milán a Madrid se cancela. No queda claro si los motivos son climáticos, laborales o, sencillamente, se deben a un problema de organización esperable en un aeropuerto italiano, más aún en agosto. Todavía no sé si podré verla cuando regrese, porque tengo que cambiar los billetes del viaje a París de Íñigo, y aún desconozco si hay disponibilidad y margen para poder ir a Madrid durante unas horas desde Málaga. Pero me gusta ver que me escribe y me cuenta la indignación y las angustias del pasaje en el aeropuerto de Bérgamo. Que me hable de la actitud entre admirablemente fuerte y desesperada de la trabajadora del personal de tierra que tiene que explicarles a los viajeros que hoy no van a poder volar.

De alguna forma, pienso que encuentra en mí cierto consuelo inútil, un desahogo menor ante una contingencia que nos trasciende a los dos. Siento entonces la íntima satisfacción de ser, genuinamente, su compañía. Porque no me escribe para solucionar, ni para preguntar, sino para compartir, sin más. Y sólo dos personas que se quieren –o, que, al menos, intuyen que se pueden llegar querer, y no ocultan que desean hacerlo– encuentran placer en conversaciones sin una finalidad, en palabras que son, objetivamente, inútiles. O que, al menos, se inician sin ninguna intención práctica.

De forma egoísta, por unos instantes no me importa que ella tenga que pagar el precio emocional y físico del vuelo cancelado, del hotel de periferia, del madrugón y de los fríos autobuses de aeropuerto. Porque la recompensa para mí ha sido inmensa, insospechada. Pero sólo dura unos segundos el placer de sentirme tan cerca de sus primeros pensamientos, tan próximo a las reacciones instantáneas de sus alertas cuando algo no va bien. Me pregunto si puedo hacer algo por evitarle la espera y el cansancio, y le sugiero sin disimulo que se venga a Málaga desde Milán. Porque miro vuelos y hay uno por la mañana directo. Y añado que pocas horas después podemos irnos los dos a Madrid en el tren, porque por fin he podido cambiar el billete de Íñigo. Más horas junto a ella, y en ese momento, lo de menos para mí son las causas que me regalan ese tiempo expandido.

Me acuerdo entonces de la escena de la adaptación de Luchino Visconti de ‘Muerte en Venecia’, cuando el compositor al que da vida Dirk Bogarde se ve forzado a regresar al hotel porque en la ciudad se ha declarado la cuarentena por un brote infeccioso y nadie puede salir. La contrariedad inicial se transforma, poco a poco, en un placer inesperado porque recuerda que, al regresar, volverá a ver a Tadzio, en quien no deja de pensar. En la película, el rostro de Bogarde sobre el bote que lo trae de regreso por la laguna va cambiando con la intensidad creciente del adaggieto de la quinta sinfonía de Gustav Mahler.

Así, feliz en la contrariedad, la espero en la zona de llegadas del aeropuerto de Málaga. Aparece por sorpresa por mi lado izquierdo, cuando yo la esperaba de frente, atento como estaba a los viajeros que llegaban. Una sorpresa que resume, de un modo concreto, su entrada inesperada en mi vida, meses atrás. Nos damos un beso que me sabe a poco, como casi todos los besos que se esperan con ansia y se dan con un amor todavía tímido. Contenido aún por el escaso tiempo que ha pasado desde que nos recibíamos dándonos dos besos y fingiendo ser cualquier cosa menos dos personas que se buscan sin remedio. Está preciosa, aunque se empeña en decirme que no es verdad, porque no ha dormido y está como recién levantada. Se toma una medicina para mitigar el dolor y nos vamos en mi coche hacia la estación de tren, donde apenas tenemos que esperar para sentarnos en el vagón.

Está cansada y no lo disimula. Ni puede, porque ese rostro algo ojeroso pero dulce y cercano lo he visto dos amaneceres seguidos hace apenas unos días. Se acomoda en el asiento, recuesta el respaldo y pone en mi hombro una prenda pequeña que busca que le sirva de almohada. Le hablo de una historia que le cuento a mi hijo para dormirlo. Pronto se adormila, pero el ruido de la megafonía y del bar móvil la despereza varias veces. Mientras yo sostengo un libro con la mano izquierda, ella vuelve a recostarse en mi hombro y comienza a buscar una postura más cómoda que le permita por fin dormir y descansar. La miro de reojo, la observo y sonrío. Dejo el libro en la mesa abatible del asiento con gesto lento, para que no se despierte del todo. Abro con la mano izquierda mi mochila y saco la camiseta ajada que llevo para dormir en su casa. Está doblada en varios pliegues, mullida, y al mostrársela ella entiende, sin decir palabra, para qué la saco y que su sitio está en mi hombro. La acomoda allí, y pocos minutos después noto la profundidad de su respiración. Siento que descansa, y me alivia. No sólo porque entiendo que lo necesita, sino porque si descansa ahora, estará después más descansada en Madrid y podremos estar juntos sin la limitación de un agotamiento imbatible y a prueba de cualquier deseo.

Leo durante el resto del trayecto, pero me sorprendo releyendo párrafos enteros que he recorrido sin entender nada, porque su presencia me distrae felizmente. Ocasionalmente tengo que reprimir las ganas de volverme hacia ella y besarla. Para hacerlo tendría primero que apartarla de mí, despertarla, y no quiero, porque me reconforta aún más la sensación de ser, durante unas horas de avión y de tren, un consuelo frente a la contrariedad y un refugio ante el cansancio. Llegamos cerca de Madrid y siento el hombro algo entumecido, porque arrastro una lesión, pero le negaré que me haya afectado su descanso sobre mí.

Siempre pierdo la concentración en las llegadas y salidas, en los aterrizajes y despegues, así que guardo el libro con la mano izquierda y saco uno de los auriculares inalámbricos. Me lo pongo en el oído izquierdo y busco en el teléfono el intermezzo de ‘Cavalleria rusticana’, de Pietro Mascagni, que tengo en una lista de canciones con otras arias y movimientos de bandas sonoras de películas. Me imagino que la bailo con ella como Michael con Apolonia en el flashback final de El Padrino 3. Y entonces sí, le acaricio el pelo y le digo que estamos llegando. Pero ella pide, con otras palabras, cinco minutos más de sueño. Y yo sonrío, porque caigo en la cuenta de que se ha dormido cuando le contaba el cuento de los tres cerditos tal y como se lo cuento a Íñigo, y se ha despertado con la misma petición que él me hace siempre de dormir un poco más por las mañanas.

Bajamos y salimos a la calle. El taxista no entiende bien la dirección que le damos, y nos pregunta y busca en el navegador de su desvencijado coche. Y yo no comprendo que aún haya alguien en Madrid que no reconozca el lugar dónde ella y yo nos besamos por primera vez.

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About Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado (Málaga, 1983), es analista y consultor, editor y ocasional traductor. Ha sido asesor político y escritor de discursos del presidente Pedro Sánchez durante su primer Gobierno, entre junio de 2018 y julio de 2019. Actualmente es asesor en el Gabinete del Presidente del Senado de España, donde trabaja como discursista para el filósofo Manuel Cruz. Ha sido analista jefe del servicio de riesgo-país de la consultora internacional LLORENTE & CUENCA, además de consultor en América Latina, región en la que ha vivido intermitentemente los últimos años. Fue Business Intelligence Manager de la consultora The Search Group, en su sede central en Belgrado. Es crítico de libros de no ficción de El Cultural del diario El Mundo, donde también escribe como analista de política internacional. Ha colaborado o colabora con regularidad en EL PAÍS, Letras Libres, The Objective y El Asombrario. Es también editor externo en el Grupo Planeta y redactor de informes en la editorial Acantilado. Ha traducido, entre otros, a Francis Fukuyama, Jonathan Haidt, Bob Woodward, al marqués de Sade, a William Kotzwinkle, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro 'Miami y el sitio de Chicago', prologó. Ha prologado la reciente edición de 'Viaje a la aldea del crimen', de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Antes de eso, fue librero y se licenció en Economía.

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