revolución

Siempre que he querido leer historia, he preferido la no ficción. Entiendo que haya quienes escojan los Episodios Nacionales de Galdós, La comedia humana de Balzc, o, más recientemente, las novelas de Almudena Grandes. Yo no tengo en tanta estima a la ficción literaria, y creo que la importancia pública que se autoconcenden -y que no tienen- muchos escritores me ha alejado de ella. Reconozco que soy un lector con poca paciencia para lo excesivamente “literaturizado” o estilizado. Veo más esteticismo que estética, pero entiendo que es una tara mía como lector, y no un defecto de muchos escritores. Soy consciente de que algo me pierdo. Sobre todo cuando, casualmente, me topo con alguna obra maestra de ficción.

El primer y breve capítulo de Semmelweis, de Louis-Ferdinand Céline, es el mejor resumen de la causas históricas y espirituales de Revolución Francesa, el Terror y la estabilidad napoleónica que he leído jamás de un tema que me apasiona. Grandioso. Lo dejo aquí, por si alguien se anima, al leer el extracto, a comprar el libro.

Comienzo de Semmelweis, de Louis Férdinand Céline.
Editorial Marbot. (Aunque lo extracto de la edición de Alianza, de 1968, con traducción de Juan García Hortelano)

Mirabeau gritaba tan fuerte que Versalles tuvo miedo. Desde la Caída del imperio romano, jamás tempestad semejante se había abatido sobre los hombres; en pavorosas olas se elevaban hasta el cielo las pasiones. La energía y el entusiasmo de veinte pueblos surgían de Europa, destripándola. Por todas partes, sólo remolinos de seres y de cosas. Aquí, borrascas de intereses, de vergüenzas y de orgullo; conflictos oscuros, impenetrables, allí; más lejos, sublimes heroísmos. Confundidas todas las posibilidades humanas, desencadenadas, enfurecidas, ávidas de imposible, se propagaban por los caminos y las simas del mundo. La muerte aullaba en la sangrienta espuma de sus disparatadas legiones; desde el Nilo a Estocolmo, de la Vendée hasta Rusia, cien ejércitos al unísono invocaron cien razones para su salvajismo. Las fronteras asoladas y fundidas en el inmenso reino del Frenesí, los hombres ansiando progreso y el progreso devorando hombres; así fueron estas bodas tremendas. La humanidad se aburría; quemó a algunos Dioses, se cambió de traje y pagó su tributo a la Historia con algunas glorias nuevas.

Cuando tras la tempestad llegó la calma, sepultadas por varios siglos aún grandes esperanzas, cada una de esas furias, que había partido hacia la Bastilla “súbdita”, volvió “ciudadana” y retornó a sus mezquindades, a espiar al vecino, a dar de beber a su caballo, a fermentar sus vicios y sus virtudes en el tonel de piel pálida que Dios misericordioso nos ha dado.

En el 93 dilapidaron a un Rey.

Limpiamente, fue sacrificado en la plaza de Grève. De su garganta degollada brotó una sensación nueva: la Igualdad.

Todo el mundo odió y se produjo un delirio. El Homicidio es una labor cotidiana de los pueblos, pero, al menos en Francia, el Regicidio podía considerarse inédito. Se lo permitieron. Nadie quería confesárselo, pero la Bestia estaba entre nosotros, en los estrados de los tribunales, en las colgaduras de la guillotina, con las fauces abiertas. Fue necesario darle ocupación.

La bestia quiso saber cuántos nobles vale un rey. Se descubrió que la Bestia tenía talento.

Y en la degollina se experimentó una puja formidable. Al comienzo, se mató en nombre de la Razón, por principios todavía no definidos. Los mejores gastaron considerable talento para asociar el asesinato a la justicia. No se consiguió mucho. No suele conseguirse. Pero, en el fondo, ¿qué importaba? La muchedumbre quería destruir y eso era suficiente. Igual que el enamorado comienza por acariciar el cuerpo que desea y proyecta demorarse largo tiempo en su propósito y después, a pesar de sí mismo, se apresura y…, así quería ahogar Europa en una horrible orgía los siglos que la habían educado. Lo pretendía aún mucho más de prisa de lo que imaginaba.

Conviene menos irritar a las muchedumbres ardientes que a los leones hambrientos. Por lo que, en adelante, se dispensaron de buscarle excusas a la guillotina. Maquinalmente, toda una secta fue señalada, muerta, trinchada, como carne; y, encima, su alma.

La flor de una época fue hecha picadillo. Esto proporcionó placer por un instante. Hubiesen podido quedarse allí, pero cien pasiones, que bostezaban de tedio ante la lentitud de tal minucia, una tarde de hastío derribaron el patíbulo.

De golpe, veinte castas se precipitaron en una espantosa pesadilla, veinte pueblos unidos, revueltos, hostiles, negros y blancos, rubios o morenos, se lanzaron a la conquista de un Ideal.

Atropelladamente, golpeados, sostenidos por arengas, conducidos por el hambre, poseídos por la muerte, invadieron, saquearon, cada día conquistaron un reino inútil que otros habrían de perder a la mañana siguiente. Se los vio pasar bajo todos los puentes del mundo, una vez y otra, en una ronda ridícula y brillante, anegándolo todo aquí, vencidos allí, engañados en todas partes, peloteados incesantemente de lo Desconocido a la Nada, tan satisfechos de morir como de vivir.

En el transcurso de estos años monstruosos por los que fluye la sangre, durante los que la vida chorrea y se disuelve en mil pechos a la vez, durante los que la guerra siega los riñones y los tritura como racimos en la prensa, hace falta un macho.

A los primeros relámpagos de esta inmensa tormenta, Napoleón conquistó Europa y, por las buenas o por las malas, la conservó quince años.

Mientras su genio duró, pareció organizarse la vida de los pueblos, la misma tempestad recibió órdenes.

Lentamente, se volvió a creer en los buenos tiempos, en la paz.

Después, fue deseada, amada, se acabó por adorarla igual que, quince años antes, se había adorado la muerte. Con premura, se pusieron a llorar el desamparo de las tórtolas con lágrimas tan auténticas, tan sinceras, como las injurias con las que, la víspera, acribillaban la carreta de los condenados. Sólo quisieron saber de ternezas y dulzuras. Proclamaron sagrados a los enternecidos esposos y a las madres previsoras, con tanta ampulosidad como habían necesitado para decapitar a la Reina. El mundo quería olvidar. Olvidó. Y Napoleón, que se empeñaba en vivir, fue encerrado, junto con su cáncer, en una isla.

Los poetas reorganizaron sus conturbadas cohortes, cien melindres fueron declamados en un día de primavera para voluptuosidad dde las almas sensibles. Crearon con la misma exageración con que se había destruido. Un hálito de ternura acarició las innumerables tumbas. La esquila no abandonó ya el cuello de las ovejitas. A la horilla de todos los arroyuelos se susurraron versos. Bastaba con una margarita deshojada para que una doncella verdaderamente sentimental se derritiese en sollozos. Y no mucho más que eso, para que un hombre de bien se enamorarse para toda la vida.

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About Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado (Málaga, 1983), es analista político-económico, editor y ocasional traductor. Trabaja como consultor empresarial independiente. Ha sido consultor en América Latina, región en la que ha vivido intermitentemente los últimos años. Ha colaborado o colabora con regularidad en EL PAIS, AHORA y El Estado Mental. Fue redactor de Cultura en infoLibre. Es también redactor de informes en la editorial Acantilado. Pertenece a la red de periodistas culturales de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) Ha traducido, entre otros, a Bob Woodward, al marqués de Sade, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro Miami y el sitio de Chicago, prologó. Ha prologado la reciente edición de Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Antes de eso, fue librero y se licenció en Economía.

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