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Ayer estuve charlando con un buen amigo británico. Compartimos el interés por todo lo relacionado con la Segunda Guerra Mundial, y hablando sobre un libro, me comentó que su abuelo había formado parte de las Fuerzas Expedicionarias que fueron evacuadas de Dunkerque, en 1940, en la conocida como Operación Dinamo. Un prodigio militar, pero también uno de los episodios más trágicos y desmoralizadores de la primera parte de la guerra.

Me contó que su abuelo, que tenía entonces 25 años, era el más mayor de su unidad, y que volvió a casa destrozado físicamente, pero que decidió callar. No contaba nada de lo que había visto. Le pregunté a mi amigo por qué, y él y su padre lo achacaban a los deficientes conocimientos psiquiátricos que había entonces: quizá el consejo era que no se comentara para no volver a atraer los fantasmas.

Pero, sobre todo, era un gesto de generosidad. Tanto la generación de nuestra posguerra como de la Segunda Guerra Mundial, decidieron callar por generosidad. Los baby boomers tuvieron padres silenciosamente traumatizados, y me pregunto si eso no fue un error que hoy pagamos. Nos acolcharon demasiado el mundo, hasta el punto de que hoy mi generación padece un ensimismamiento llamativo. Nuestra escasa relación afectiva con la historia, la falta de contexto con la que juzgamos todo, deriva en un malestar no siempre justificado. En muchos casos, de niño caprichoso.

Lejos de mí intención culpar a la generación que hizo la guerra y dio la vida (y los que sobrevivieron, no solo la juventud, aunque callaran su sufrimiento), pero hay lecciones que extraer. Dudo que a ellos ayudara callar el horror que vieron, pero de lo que estoy seguro es de que a nosotros nos ha perjudicado que no nos lo contaran a menudo.

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  1. JuanjoRM, en facebook: “Fue una derrota convertida en “victoria” por Churchill: una retirada convertida en la recuperación de soldados en activo de cara a la próxima operación León Marino; dicen que fue Göring el que le pidió a Hitler que fuera la Luftwaffe quien acabara con la bolsa, otra bravuconada militar nazi.
    Pero a lo que ibas: el veterano de guerra que calla y no explica… a mi abuelo le pasaba también, y eso que fue del bando ganador; las memorias de soldados que aparecen escritas en desvanes y que se editan en la vejez, o tras la muerte, por un nieto (género al que estoy suscrito) son el testimonio de ese silencio doloroso… la guerra debe ser mucho más terrible de lo que nos podamos imaginar o leer. Me viene a a cabeza el primer minuto de “Saving private Ryan”, el veterano buscando la tumba de sus compañeros… algo en ese rostro explica todo esto”

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  2. Juan Rey, en Facebook: “Comparto plenamente tu reflexión, algo que, por otra parte, ya es habitual. En mi caso, viví ese silencio en primera persona puesto que fue mi padre el encargado de mantenerlo respecto a su participación en la Guerra Civil. Era falangista en Madrid, tenía 18 años y solo se le ocurrió unirse al alzamiento encerrándose en el Cuartel de la Montaña. Apenas contaba algo más que ese dato, pero luego supimos que aquello, y especialmente la matanza que tuvo lugar en el patio del cuartel, le traumatizó de por vida, y de qué manera. Sin embargo, haciendo bueno aquello de que a un español le pones una alcachofa delante y te cuanta todo lo que quieras saber y lo que no, le contó superficialmente su experiencia a Ronald Fraser cuando vino a España en los años 70 para preparar su libro “Blood of Spain” (“Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Una historia oral de la Guerra Civil española”). Pero en casa, nada o casi nada, por más que como en tantas familias españolas de los años 60 y 70 la Guerra Civil era una especie de invitado perpetuo que siempre parecía estar ahí de una manera u otra, como si fuera un pariente que no se sabe si vive o si está muerto”.

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  3. Juan Rey: “Mira, un caso que me resulta paradigmático es el del autor de “Flags of our fathers”, que Clint Eastwood llevó al cine. Era el hijo de unos de los “flagraisers”, los marines que levantaron la bandera en el monte Suribachi en Iwo Jima, y escribió el libro (con ayuda) porque su padre nunca le contó su experiencia allí, tan marcado como había quedado por lo que pasó en aquella espantosa batalla. El silencio, aparentemente, le ayudó a sobreponerse o, por lo menos, a sobrellevar el horror. Fue el hijo el que tuvo que contarlo al tiempo que se enteraba por otras fuentes de lo que había sido aquello”.

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About Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado (Málaga, 1983), es analista político-económico, editor y ocasional traductor. Trabaja como consultor empresarial independiente. Ha sido consultor en América Latina, región en la que ha vivido intermitentemente los últimos años. Ha colaborado o colabora con regularidad en EL PAIS, AHORA y El Estado Mental. Fue redactor de Cultura en infoLibre. Es también redactor de informes en la editorial Acantilado. Pertenece a la red de periodistas culturales de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) Ha traducido, entre otros, a Bob Woodward, al marqués de Sade, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro Miami y el sitio de Chicago, prologó. Ha prologado la reciente edición de Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Antes de eso, fue librero y se licenció en Economía.

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