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Identidad

La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento

Francis Fukuyama

Deusto, 2019

208 páginas

 

El politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama (Chicago, 1952) alcanzó la fama mundial a principios de la década de los noventa. En 1989, había escrito un ensayo, titulado “The End of History?”, en la revista The National Interest, donde presentaba unas ideas que posteriormente amplió en el libro El fin de la Historia y el último hombre por el cual es conocido desde entonces. En él defendía que el progreso de la humanidad había alcanzado su meta, la democracia liberal, que acababa de derrotar al comunismo soviético en la Guerra Fría, una tesis que empezó a ser rebatida casi desde el mismo instante en que la formuló.

Sus críticos presentaban cada nuevo problema que estallaba en el mundo –ya fuese un atentado, un golpe de Estado, el agravamiento de los efectos del cambio climático o el auge dictatorial en China como superpotencia– como una refutación de sus ideas. El mundo, lejos de haber llegado a la estación de término, seguía lleno de incertidumbres y no cabía confiar en la linealidad del progreso, como Fukuyama parecía hacer en términos hegelianos. Y mucho menos con el auge del terrorismo islámico a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y tras la crisis financiera que estalló en 2008 con la caída de Lehman Brothers. La Gran Recesión marca, de hecho, unos años de declive de la democracia en países como Rusia o Turquía, además del inicio de la proliferación de fenómenos populistas como el Brexit y la llegada al poder de hombres fuertes como Donald Trump, Matteo Salvini o Viktor Orbán, entre otros.

Desde entonces, Fukuyama ha escrito varios libros en que ha tratado de explicar mejor su definición del fin de la historia. Pero es en Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento donde parece estar más cerca de matizar a fondo, e incluso negar, algunas de las conclusiones de su conocida tesis. Dice Fukuyama en la introducción de este libro que, cuando hablaba del “fin de la historia”, se refería al “objetivo” de esta y no a su final, y que, siendo así, no ha cambiado de parecer con respecto a su consideración de la democracia liberal como modelo no superado, acaso insuperable. Pero sí admite su sorpresa ante la virulencia de los ataques que ha recibido la democracia liberal, cuna de derechos y libertades, y fuente de un progreso material nunca visto en la historia. Y se pregunta por qué. Así pues, Identidad es también un ejercicio de honestidad intelectual que hay que agradecer a su autor, aunque la enmienda a El fin de la historia sea mayor de lo que admite.

Según Fukuyama, las razones de esta crisis de la democracia no solo hay que buscarlas en las fallas materiales del sistema, ni siquiera principalmente ahí, aun siendo estas fundamentales, como el aumento de la desigualdad, el estancamiento de los salarios o el declive de la clase media. Los motivos del desencanto y el malestar contra la democracia responden a razones de orden cultural, e incluso antropológico. Y para explicarlas, Fukuyama recurre al concepto platónico de thymós, o tercera parte del alma, que es la que busca el reconocimiento, ya sea como igual –isotimia– o como superior –megalotimia–, y señala que dicha fuerza supera la satisfacción de las necesidades materiales básicas.

La duda que Fukuyama se plantea –y no termina de responder– es si la democracia liberal es capaz de canalizar estas demandas de forma efectiva. La difuminación del horizonte moral y el descuido del thymós, que han desencadenado fenómenos como la crisis, la revolución tecnológica o la globalización, han hecho que muchos ciudadanos, presos de la incertidumbre, hayan vuelto la vista hacia el pasado y las viejas –aunque falsas– certezas de la nación o de los grupos identitarios más elementales. Se produce así una hipertrofia de la identidad, en que el reconocimiento surge de la diferenciación y la exclusión, ya sea a través del ensalzamiento de unos grupos nacionales frente a otros, o bien a través de una reivindicación de la etnia, el sexo o cualquier otro hecho diferencial.

Los elementos compartidos, los rasgos comunes, han desaparecido o han perdido relevancia a la hora de imaginarnos como ciudadanos con derechos y deberes. La ciudadanía kantiana ha cedido paso al miedo hobbesiano y ha atraído a distintos leviatanes para poner orden. Con la aparición concatenada o simultánea de diversas crisis –también la migratoria–, y con la ayuda de las redes sociales, nos hemos descubierto más vulnerables y menos racionales de lo que nos gustaba pensar desde la Ilustración. Rousseau se toma la revancha de Voltaire, y el cerebro reptiliano o atávico, condicionado por milenios de evolución, se impone con demasiada frecuencia al analítico hemisferio izquierdo. Son fenómenos que la neurociencia lleva años constatando y que, en el ámbito divulgativo, se han resumido en libros como La mente de los justos (Deusto), del psicólogo social Jonathan Haidt, o en la obra del neurólogo portugués António Damásio. Fukuyama admite el error de haber minusvalorado el peso de ese atavismo grupal, emocional y subjetivo a la hora de formular su análisis político de nuestra era.

La lucha por la identidad y la demanda de reconocimiento también estarían detrás de algunos fenómenos positivos en favor de la democracia, como las primaveras árabes o las revoluciones Naranja y de las Rosas de Ucrania y Georgia, respectivamente. Pero, en general y de forma clara, para Fukuyama –y para otros autores, como Mark Lilla, que achacó al mismo fenómeno la derrota de Hillary Clinton frente a Trump en su popular ensayo El regreso liberal (Debate)–, el saldo de la eclosión de las políticas identitarias es negativo y nocivo para la democracia liberal.

La última parte del libro es la menos consistente. Lleva por título “¿Qué hacer?” y es donde la concreción del diagnóstico deja paso a unas propuestas más vaporosas y abstractas. Fukuyama apenas se detiene en los aspectos materiales y solo dice, de pasada, que estos son importantes para recuperar la confianza en el futuro y en la democracia. Incluso, en diversas entrevistas, ha abogado también de forma explícita por recuperar el vigor del Estado del bienestar y distribuir la riqueza para contrarrestar la creciente desigualdad, fenómeno que explicaría que el socialismo haya ganado popularidad en las sociedades anglosajonas. En cuanto a las identidades, reclama realismo y tener más en cuenta las demandas de reconocimiento a la hora de diseñar las políticas. Y aboga por la construcción de identidades más inclusivas e integradoras. Cómo se consigue esto, a través de qué cambios políticos, económicos o educativos, es algo que no explica.

Fukuyama no se corrige del todo, pero se matiza a fondo, hasta casi desdibujar su tesis inicial. Todavía sigue creyendo en ese “fin de la historia” como objetivo, no como final. Pero el optimismo de la década de los noventa ha dejado paso al pesimismo posterior a la crisis, y ahora parece albergar más dudas de que, ante la persistencia de las demandas identitarias de reconocimiento y de los fenómenos asociados a la revolución digital, seamos realmente capaces de no retroceder.

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About Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado (Málaga, 1983), es analista y consultor, editor y ocasional traductor. Ha sido asesor político y escritor de discursos del presidente Pedro Sánchez durante su primer Gobierno, entre junio de 2018 y julio de 2019. Actualmente es asesor en el Gabinete del Presidente del Senado de España, donde trabaja como discursista para el filósofo Manuel Cruz. Ha sido analista jefe del servicio de riesgo-país de la consultora internacional LLORENTE & CUENCA, además de consultor en América Latina, región en la que ha vivido intermitentemente los últimos años. Fue Business Intelligence Manager de la consultora The Search Group, en su sede central en Belgrado. Es crítico de libros de no ficción de El Cultural del diario El Mundo, donde también escribe como analista de política internacional. Ha colaborado o colabora con regularidad en EL PAÍS, Letras Libres, The Objective y El Asombrario. Es también editor externo en el Grupo Planeta y redactor de informes en la editorial Acantilado. Ha traducido, entre otros, a Francis Fukuyama, Jonathan Haidt, Bob Woodward, al marqués de Sade, a William Kotzwinkle, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro 'Miami y el sitio de Chicago', prologó. Ha prologado la reciente edición de 'Viaje a la aldea del crimen', de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Antes de eso, fue librero y se licenció en Economía.

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