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Pocos libros han influido tanto en el desarrollo y en la renovación de los métodos analíticos de inteligencia. ¿Siguen vigentes sus lecciones? ¿Cómo ha resistido el paso del tiempo Psychology of Intelligence Analysis, de Richard Heuer Jr.? Estamos ante una compilación editada de varios artículos escritos por este analista de inteligencia para la Dirección de la Inteligencia norteamericana durante los años 1980 del pasado siglo. Es importante resaltar estos dos hechos para analizar la obra y, sobre todo, su relevancia y utilidad en nuestros días.

Por un lado, la división en secciones y capítulos de poca extensión escritos como piezas en sí hace que algunas de las mismas ideas y conclusiones aparezcan en diversos momentos del libro. No obstante, la redundancia se ve compensada por una más completa argumentación de dichas ideas y propuestas a medida que avanzan las páginas, algo que refleja hasta que punto progresaba el conocimiento de la materia de estudio de Heuer aplicada a la inteligencia: la comprensión científica de los procesos mentales de pensamiento y análisis.

Así, el libro debe analizarse desde esta perspectiva fragmentaria y, ocasionalmente, redundante, pero también hay que tener en cuenta el contexto y la fecha en que fue escrito. El salto cualitativo y cuantitativo del conocimiento neurocientífico desde los 80 ha sido exponencial, por lo que muchas de las cautelas que el propio Heuer muestra en el libro con expresiones como “aún desconocemos”, “la experiencia sugiere aunque no afirma”, han quedado algo antiguas. Pero no porque los nuevos hallazgos lo hayan desmentido, sino precisamente porque han venido a confirmar las principales tesis de Heuer.

Por tanto, pese a la estructura del libro y los avances científicos y técnicos que se han producido desde su publicación, Psychology of Intelligence Analysis mantiene su vigencia, con los méritos añadidos de la anticipación y de la claridad expositiva. Pues el interés de Heuer (analista durante muchos años) tiene más que ver con ofrecer herramientas de mejora y desarrollo cognitivo para los analistas, que en publicar una obra académica sin aplicación directa. Es, por eso, un compendio necesario y útil como introducción al análisis. O, más bien, a los problemas que enfrenta el analista a la hora de hacer juicios acertados sobre diversas situaciones.

La lucha contra la propia mente

El consejo general de Heuer que recorre todo el libro, y que sustancia todos sus capítulos, es que el “análisis debe ser tratado como algo más que un proceso organizacional”. Debe prestarse más atención “a la maquinaria mental”. Para aprender a analizar hay que conocer cómo funciona “el acto de pensar o analizar”. E insiste en esta idea central con una frase contundente: “El analista de inteligencia debe comprenderse a sí mismo antes de poder comprender a los otros”.

Esto, que ahora puede resultarnos básico, supuso, en cambio, un giro en el enfoque con el que la Comunidad de Inteligencia comenzó a organizar sus trabajos. Como bien denuncia Heuer, se daba por supuesto que el analista sabía cómo analizar, pues se trataba al fin y al cabo de un proceso de recogida de información  (cuanta más mejor) para, con criterios objetivos y lógicos, extraer juicios cuasi-científicos. “Hace una generación, pocos analistas de inteligencia eran conscientes y se preguntaban sobre el proceso mediante el cual hacían sus análisis”, escribe.

A partir de esta idea básica, y tras exponer cómo habían sido hasta entonces los fundamentos del análisis de inteligencia, Heuer despliega una serie de retos cognitivos de apariencia básica a través de los cuales el lector va descubriendo los sesgos y prejuicios de los que no es consciente y que, sin embargo, enturbian la calidad del análisis. En definitiva, Heuer se propone que el analista conozca las fallas de su herramienta de trabajo (la mente) y sepa lidiar con dichas limitaciones. Primero, como hemos visto, resume la forma de proceder hasta ahora, y busca con dichos retos básicos desmontar los enfoques admitidos hasta entonces. Lo que el analista sabe no es sólo lo que recibe, sino cómo lo recibe: “Lo que la gente en general y el analista en particular percibe, y con qué facilidad lo percibe, está fuertemente influenciado por su experiencia pasada, educación, valores culturales, y exigencias del puesto, así como por los estímulos registrados por sus órganos receptores”, explica.

Es decir, el analista no es ese sujeto ilustrado, expuesto limpiamente sólo a la razón y a la lógica, sino que su herramienta de trabajo es, a la vez, su principal enemiga. La mente tiende trampas, formula atajos cognitivos que refuerzan preconceptos y prejuicios. Así, el analista, además de comprender cómo funciona la mente para utilizarla con juicio, debe jugar constantemente un duelo contra ella, en un intento por sortear las debilidades, sesgos y deficiencias. Somos mucho más intuitivos de lo que creíamos ser, y estamos mucho más expuestos a dichas trampas y atajos de lo que creíamos. En definitiva, Heuer muestra que nuestra mente analiza de forma muy distinta a como creíamos que lo hacía hasta hace pocos años.

Desconocer ese hecho nos ha llevado a cometer errores, también en el análisis de inteligencia. En resumen, si bien la mente y los conocimientos adquiridos son nuestra principal herramienta, su conjunción y los posteriores análisis que de esta herramienta se derivan no están exentos de peligros de los que el analista, para empezar, debe ser consciente. “Hay que prestar más atención a la tendencia a percibir lo que se espera percibir más que a la que tendencia de percibir lo que se quiere percibir”, escribe Heuer.

La persistencia de las ideas adquiridas

Uno de los principales peligros de los que Heuer nos advierte es el de la resistencia de las ideas y los juicios una vez instalados en la mente. Una vez hechos, aun fácilmente, los juicios son extremadamente difíciles de derribar pese a que se demuestren objetivamente falsos. “La primera pero incorrecta impresión tiende a persistir porque la suma de información necesaria para invalidar una hipótesis es considerablemente mayor  que la necesaria para establecer una interpretación inicial”. Esto conlleva a uno de los mayores peligros para el analista, pues, involuntariamente tendemos a prestar más y mejor atención a las informaciones que refuerzan estos preconceptos.

Heuer explica que no se trata de intuiciones de investigador en este caso, sino de hechos demostrados científicamente, o al menos experimentalmente (sabemos que ocurre, pero no el porqué, que es lo que describiría una explicación científica). Expone varias veces el conocido peligro de la path dependence. Ante estímulos y juicios habituales, la mente genera conexiones neuronales que producen a su vez una suerte de “camino principal” reforzado por la costumbre que el pensamiento, inercialmente, tiende a seguir. De este modo, ante un mismo estímulo exterior, o similar, nuestro juicio tenderá a reproducir el mismo camino, sin atender a otras posibilidades que pueden resultar más ajustadas porque están más lejos de dicha ruta. “Cuanto más es transitado un camino, más fuerte se hace y más a nuestro alcance está disponible la información alojada en el mismo”, escribe Heuer. El analista debe ser consciente de este sesgo esencial y, en consecuencia, sospechar permanentemente de sí mismo y de sus análisis antes de darlos por definitivos. Para Heuer, “la cuestión clave no es si los prejuicios o las expectativas influyen en el análisis, tan sólo si dicha influencia se hace explícita o permanece implícita”.

Para alcanzar el propósito de claridad –basado en la mencionada sospecha permanente sobre propia capacidad analítica– Heuer insiste en cambiar patrones asentados a la hora de realizar juicios y análisis. Así, no se trata tanto de confirmar ideas a las que llegamos tras procedimientos lógicos que se confirman con cada nueva información que recibimos, como de someter a sospecha y competencia distintas hipótesis. Y aquí nos alerta de otro peligro recurrente: el de no insistir en el análisis de hipótesis, en apariencia, poco verosímiles. Valora aquí especialmente la capacidad de los directores y gestores para alentar a sus subordinados para que no desechen las posibilidades poco verosímiles pero no descartadas. Es, por tanto, un cambio de enfoque el que Heuer reclama al analista y a sus superiores. El análisis intuitivo “se centra generalmente en confirmar hipótesis y suele conceder más peso a las pruebas que confirman las hipótesis que a las que las debilitan”, mientras que nuestro autor cree necesario un giro hacia un enfoque científico “basado en el principio del descarte de hipótesis”.

Por tanto, no sólo hay que analizar cómo compiten entre sí las distintas hipótesis sobre un caso, sino desconfiar de la que más fácilmente encaja en nuestro juicio. Vale más una información que niega una hipótesis que una información que la confirma, pues dicha aquiescencia puede ser compatible con otras. Por eso, Heuer describe como una óptima estrategia analítica la que hace que el analista “busque información que descarten sus hipótesis predilectas, y que no ejecute una estrategia que le lleve a aceptar la primera hipótesis que le parece consistente con las pruebas”.

La necesidad de que las distintas hipótesis compitan entre sí antes de ser descartadas, por ridículas que suenen en un primer momento, es una idea esencial que recorre el libro de Heurer en sus distintos capítulos. El autor lo ve como una forma de evitar los propios preconceptos y sesgos, la path dependence y otras limitaciones del analista. Limitaciones que, pese a lo que hemos visto hasta ahora, no siempre están relacionadas con la escasez de información (mala o buena) o con la manera errónea en cómo ésta es asimilada, sino que también puede deberse a un exceso de información. Al principio del capítulo 5 el autor cuestiona “la muchas veces implícita asunción de que la falta de información es el principal obstáculo para realizar análisis de inteligencia correctos”. En una de sus últimas entrevistas antes de morir hace escasas semanas, el sociólogo polaco (aunque nacionalizado británico) Zygmunt Bauman confesaba algo similar, y que puede resumir bien el peligro que Heuer observaba en los analistas en los albores de la era de la información: “Ahora sé que es peor el exceso de información que su carencia”. Heuer menciona y valora un concepto que, entonces y según su criterio, era bastante ajeno a los analistas, el de “diagnosticidad” de las informaciones, esto es, cuánto influyen en la validez o no de las ideas hipótesis en estudio.

Contra la acumulación de información

Esta frase viene a resumir la idea sobre la que se asienta la defensa que Heuer hace del método de comparación analítica de hipótesis. Los experimentos neurocientíficos y psicológicos muestran que la mera acumulación de información no mejora la calidad del juicio, ni siquiera en análisis retrospectivos. Y esto se debe a una razón que, hasta el momento en que Heuer lo plantea, parece de difícil asunción general: las variables sobre las que basamos nuestros juicios son escasas. “La constatación de que los juicios están basados en unas pocas variables esenciales más que en todo el espectro de pruebas disponibles nos ayuda a entender por qué la información adicional por sí misma no sirve generalmente para mejorar la calidad de nuestras predicciones”.

Por eso, más que pensar en que los fallos provienen de falta de información, Heuer alerta de la necesidad de prestar más interés a las propias carencias conceptuales y mentales del analista que establece juicios basados en ella. “La mayoría de los fallos de inteligencia son generalmente debidos a fallos de análisis, no a fallos de obtención”. Entra aquí en juego otra de las ideas y reclamaciones clave del libro: la necesidad de estimular la imaginación, de entender el análisis de inteligencia como un proceso constante de creatividad donde las ideas se van desechando, más que reforzando. Late de fondo la idea shumpeteriana de la “destrucción creadora”, aplicada en este caso al análisis de inteligencia.

En palabras del autor, “parece haber limitaciones inherentes a cuánto podemos obtener al enfocar nuestros esfuerzos en mejorar las tareas de recolección de información, y en cambio, existe un campo fértil y abierto para esfuerzos imaginativos para mejorar el análisis”, porque las nuevas ideas nacen de la asociación de ideas previas en nuevas combinaciones. Y el autor insiste en varias ocasiones aquí en la necesidad de favorecer desde los puestos de gestión y coordinación dichas libertades y capacidades imaginativas: “La inteligencia de una persona tiene poco que ver con la creatividad, pero el ambiente organizativo ejerce una influencia fundamental”, defiende. Se deduce de aquí, por tanto, que junto a la propia capacidad del analista para conocer y sortear sus sesgos y limitaciones, el papel que juegan los organizadores y coordinadores de los equipos es esencial a la hora de establecer normas de trabajo y comportamiento que no coarten al analista a la hora de expresar alternativas, dudas o controversias. Heuer insiste en que el analista debe poner a prueba sus ideas con otros analistas u observadores, tanto del propio equipo como de otros grupos más alejados que, precisamente por mantener mayor distancia con el objeto de estudio, pueden alertar o informar sobre las debilidades de nuestro análisis.

Otras trampas cognitivas

Entre otros falsos caminos de los que Heuer nos previene, hay dos de especial importancia. Por un lado, nos habla de la necesidad de evitar la “mirada de espejo”, que define como “un error que consiste en desconocer que la forma en que otros entienden sus intereses nacionales pueden diferir de forma radical de cómo lo hacemos nosotros”. Esto, entiende el autor, es una fuente constante de distorsión en el análisis de inteligencia. Urge, por tanto, fomentar, facilitar la empatía, ayudar a que el analista asuma realmente el punto de vista del responsable o institución que trata de analizar. Es interesante en este punto la insistencia de Heuer en proponer ejemplos relacionados con las pruebas nucleares de India a finales de la década de1990 del siglo pasado, o los fallos de la inteligencia americana pare predecir la revolución islámica iraní o la invasión Iraquí de Kuwait. Desde la mentalidad Occidental-americana no existían incentivos para tales actuaciones, que sin embargo que se produjeron. Muestras claras del sesgo pernicioso de “mirada de espejo” que el autor denuncia en el libro. Para analizar con propiedad, el analista debe esforzarse por completar al máximo sus capacidades de comprensión de los puntos de vistas ajenos, condicionados por las diferentes culturas, valores y experiencias. De otra forma, la probabilidad de caer en el siguiente error aumenta considerablemente.

Hablamos de establecer relaciones causales entre hechos que no necesariamente tienen por qué estar conectados. El analista, debido a este sesgo, minusvalora el papel que el azar o la casualidad ejercen en los acontecimientos, a la vez que sobrevalora la influencia de los condicionantes internos en una persona frente a las más poderosas influencias externas. En cambio, al analizarse a sí mismo, y como demuestra Heuer citando varios estudios, el analista tiende a considerar sus juicios condicionados, sobre todo, por las condiciones externas, no por los sesgos asumidos. “Uno de los errores fundamentales a la hora de juzgar las causas de un comportamiento es el de sobreestimar el papel que juegan los factores internos y, a su vez, minusvalorar la importancia de los factores externos”, escribe Heuer para alertarnos de este desajuste entre cómo el analista cree que funciona su mente a la hora de juzgar y cómo lo hace la de la persona a la que juzga.

Por inercia cognitiva, tendemos a buscar causalidades, correlaciones y covariancias entre hechos, porque la experiencia nos dice que, en otras ocasiones similares, han podido ir de la mano. Sin embargo, es una presunción que no tiene por qué darse siempre, y por tanto puede inducirnos a error. Para ayudarnos a evitar estos problemas, o al menos para ser consciente de su existencia, el autor describe como necesario el “pensamiento retrospectivo” sobre hechos ya conocidos que no fueron (o sí) previstos por los análisis de inteligencia. Al mismo tiempo, nos alerta de los vicios de origen de dicha práctica, pues puede reforzar ideas que no serán de aplicación automática en situaciones similares. Heuer vuelve, de nuevo, a la idea central que recorre el libro: la sospecha permanente necesaria ante mente, incluso a la hora de aplicar las cautelas para evitar sus trampas.

Los sesgos forman parte de los prejuicios y experiencias con los que el analista debe enfrentarse. Un hecho puede ser pura casualidad, pero nuestra mente está poco acostumbrada a asumirlo así. Tendemos a buscar explicaciones causales que, en muchos casos, sencillamente no existen. Los incentivos, tan en boga en los últimos años en los análisis de elección racional, no parecen tan determinantes, tampoco, o menos aún, en los actores políticos a los que el analista debe saber desentrañar de forma apropiada. Heuer nos habla del error común conocido como el de “la ley de los pequeños números, que, intuitivamente, nos lleva a cometer el error de tratar pequeños ejemplos como si fueran demostraciones intachables” aplicables a gran escala.

Heuer nos ofrece dos formas de evitar, o al menos aminorar, los efectos de ambos sesgos. Nos propone por un lado “descomponer” el problema en sus partes constituyentes para analizar pieza a pieza para luego encajarlas en un puzle que nos dé la visión de conjunto. Por otro lado, nos aconseja la “externalización” de un problema que creemos irresoluble: consultar a expertos menos implicados o a analistas retirados que, gracias a su experiencia, puedan guiarnos.

El conflicto jerárquico entre lo estratégico y lo táctico

Es este uno de los aspectos más interesantes tratados en Psychology… por Heuer, pues lleva todo el problema de los sesgos y las trampas cognitivas a un nivel operacional que puede resumirse en una pregunta básica: ¿dónde reside la información necesaria para generar inteligencia? La tendencia del analista, no siempre acertada, es la de creer que los expertos inmersos en los problemas, los que piensan y estudian a nivel estratégico, generan más, digamos, valor añadido a la inteligencia. Esto genera un sesgo peligroso, relacionado con el anteriormente comentado de las causalidades y correlaciones. Y nos habla Heuer de varios ejemplos, como la incapacidad de los analistas para prever la caída del Muro de Berlín en 1989, o las mencionadas pruebas nucleares de India en 1998. Pese a que, desde el nivel táctico, la información que llegaba contradecía los presupuestos estratégicos que asentaban los análisis de inteligencia. El autor alerta de este riesgo y pide mayor atención por parte del analista a los mensajes desde el nivel táctico que contradigan su visión sobre determinado asunto. Es, por tanto, otra llamada de Heuer para que se comparen hipótesis entre sí y no tanto que se busque reforzar la que parezca más probable.

El analista no debe sentirse tan extrañado ante los hechos sorpresivos, y, cuando estos sucedan, debe estudiar por qué no supo verlos, o por qué no les concedió la importancia que merecían. Es otra forma de recordarnos la actitud de permanente sospecha con uno mismo y sus procesos mentales que debe mantener el analista, así como de la necesidad de comparar hipótesis. Heuer nos alerta, con otras palabras, de que no siempre sucede como Shakespeare nos describió a Hamlet: no necesariamente “hay método en mi locura”.

Conclusiones

El libro de Heuer, con una anticipación de al menos dos décadas, confirma lo que los nuevos descubrimientos de la neurociencia nos dicen: que no somos sujetos exclusivamente racionales que mayoritariamente toman sus decisiones y forman sus juicios en base a incentivos fácilmente ponderables. El papel que los sesgos, la trayectoria, cultura y prejuicios juegan en nuestro proceso mental es mucho mayor del que desde la Ilustración suponíamos (o nos gustaba suponer). Estos hallazgos conllevan, por tanto, la sospecha primera en nosotros mismos. Sesgos, por otro lado, que son fáciles de crear y muy difíciles de derribar, como alerta Heuer: “Persisten incluso después de que los sujetos sean alertados sobre ellos y entrenados para tratar de evitarlos o atenuarlos”, escribe.

De este hecho básico se derivan cambios sustanciales en cómo ha de organizarse y dirigirse el análisis de inteligencia. “Evitar conscientemente cualquier juicio previo debe ser un punto de partida”, escribe Heuer, que insiste en que tan importante es conocer el objeto analizado como analizar la naturaleza de nuestros propios sesgos y prejuicios para tratar de compensar su influencia perniciosa. Los analistas tienden a creer que son mejores de lo que realmente son, e igual que los sondeos muestran un porcentaje de personas que dice no recordar su voto apenas unos meses después de las elecciones, el analista “tiende al olvido de sus estimaciones pasadas” una vez conocido el resultado, escribe. Heuer lo dice y los años lo han confirmado con hallazgos menos intuitivos y más fundamentados, pero la esencia es la misma: “Los prejuicios tienen sus raíces en la naturaleza del proceso mental”. Por tanto, Heuer urge a una asunción de la realidad que conlleve cambios de enfoque en nuestra manera de analizar y de analizarnos.

Así, busca un análisis que parta del rechazo de hipótesis más que de la confirmación de las mismas, porque “la hipótesis más plausible es generalmente la que tiene menos pruebas que la niegan, no la que está soportada por más pruebas en su favor”. Proceso de comparación de hipótesis que, a su vez, debe ser indisociable de esa sospecha sobre los propios planteamientos y de la revisión interna y externa de los mismos. Heuer viene a decirnos que no somos tan buenos, y nos explica las causas. También nos ofrece algunas soluciones, pero sin dejar de ser consciente de que los efectos que dichos prejuicios y sesgos generan sólo pueden atenuarse, no erradicarse. Son hallazgos que, aunque ahora estén asumidos y nos parezcan básicos, fueron de gran importancia para mejorar la calidad del análisis de inteligencia. Su gran valor, sin duda, fue intuirlo y anticiparse con fundamentos experimentales antes que demostrarlo con los avances científicos actuales. Puede decirse que Heuer hizo consigo lo que, gracias a su libro, ahora sabemos que debemos hacer los demás.

Cumplió su consejo (que tiene la resonancia del clásico aforismo griego que nos impelía a conocernos a nosotros mismos) de “comprenderse a uno mismo antes de intentar comprender a los demás”. Ese proceso ha consistido, en esencia, en demostrar que tenemos más limitaciones inherentes de las que creíamos, y que podemos ser, inadvertidamente, nuestro principal obstáculo para un buen análisis.

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About Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado (Málaga, 1983), es analista político-económico, editor y ocasional traductor. Trabaja como consultor empresarial independiente. Ha sido consultor en América Latina, región en la que ha vivido intermitentemente los últimos años. Ha colaborado o colabora con regularidad en EL PAIS, AHORA y El Estado Mental. Fue redactor de Cultura en infoLibre. Es también redactor de informes en la editorial Acantilado. Pertenece a la red de periodistas culturales de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) Ha traducido, entre otros, a Bob Woodward, al marqués de Sade, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro Miami y el sitio de Chicago, prologó. Ha prologado la reciente edición de Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Antes de eso, fue librero y se licenció en Economía.

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