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Hace unos años, cuando terminé de ver la serie El comisario Montalbano (basada en las novelas de Andrea Camilleri), escribí un artículo en el que, antes de alabarla, la comparaba con lo pesado que me había parecido el primer capítulo de la primera temporada de True Detective. Donde Montalbano era real, autoparódico, los detectives Rust y Martin aparecían sobreactuados, encantados con sus papeles irreales. Dudaba de que incluso dos profesores de metafísica fueran al campus en el mismo coche manteniendo esas conversaciones, menos aún dos policías de un estado rural. Es ficción, se me dirá. Y yo creo, sin embargo, que el gran aliciente de estas series, de estas películas, es la pretensión del observador de estar viendo una verdad oculta.

Acabo de terminar de ver la primera temporada, y no es que mi juicio haya variado respecto a la sobreactuación de McConaughey, pero he de admitir que True Detective es una gran serie, aunque con matices. Si bien mi valoración general ha cambiado, no comparto el entusiasmo. El último capítulo, sobre todo la primera parte, me parece incluso tramposo (el cambio de punto de vista desde los investigadores obsesivos hasta el de un criminal que se ha mantenido oculto a su vista durante toda la serie, parece caprichoso).

No obstante, dejemos clara sus virtudes: su ambientación y producción en una Luisiana que aún deja ver los efectos de huracanes e inundaciones; su retrato del sur cerrado y ascético de Estados Unidos; el declive de las grandes industrias a través de unas fábricas y refinerías que aparecen como inmensos fantasmas de hierro; el peso de la religión y el caciquismo propio de ese país –gobernadores, pastores, sheriffs–; y la química entre ambos detectives durante sus primeras investigaciones. El contrapunto sureño, húmedo y verde del entorno de humor negro que rodea a la fría y nevada Fargo, otra serie cuyas dos temporadas he visto recientemente.

Se han destacado los diálogos que, como ya he dicho, a mí me parecen metidos con calzador en la historia. Sí funcionan cuando de la filosofía moral ambos personajes –sobre todo Woody Harrelson– pasan a hablar de sus relaciones de pareja, de sus problemas cotidianos con su mujer y sus hijas. El campechano detective Hart –Harrelson– es aquí mucho más interesante, por real y débil, que el superhombre atormentado Cohle –McConaughey–.

–¿Y qué pasó con ellos? –le preguntan los interrogadores.

–Lo que ocurre con todas las parejas: la realidad.

Aunque sería injusto no alabar el papel de McConaughey durante el primer arco temporal. La gran secuencia –y capítulo– de la serie, para mí, es el allanamiento de la casa de un narco que lleva a cabo junto a una banda criminal de moteros en la que se infiltra. No obstante, los motivos de Cohle no me resultan en general creíbles, y su obsesión me suena impostada. Sobre todo en el segundo arco temporal. Es como si imitara a Harry Dean Stanton en Paris-Texas y sólo consiguiera eso: ver que trata de imitar a Harry Dean Stanton. Travis era un hombre derrotado y vacío, y eso transmitía. El tono pontificador de Cohle suena pedante y forzado.

La mencionada Paris-Texas, todo el western, tienen como uno de sus temas la vastedad del territorio. Y es este el asunto que más me ha llamado la atención en True Detective. El escaso control que Estados Unidos tiene de gran parte de su país. Tanto del mundo rural, donde en esta serie se cometen fechorías inconcebibles, como de determinados barrios en las ciudades. La inmensidad del territorio y la estratificación social. Lo que nos muestran True Detective, Fargo, The Wire, es que esa misión civilizatoria que fue la conquista del Oeste como generalización de la llegada de las leyes a cada rincón del país –Liberty Valance–  no se cumplió en campo abierto, y está amenazada en la gran ciudad. Es difícil encontrar sitios donde no llamar la atención en España, por más aislados que estén: tenemos menos espacio yermo o salvaje, y menos movilidad social y geográfica, y por tanto no estamos acostumbrado a forasteros. (Ni siquiera en esos sitios que tan bien ha narrado Sergio del Molino en su reciente La España vacía.)

True Detective es, por eso, un gran retrato de las patologías de la soledad y el aislamiento. Social y personal. La cara B –rural, empobrecida, abandonada– de Estados Unidos, que es algo más que Nueva York, Chicago y Sillicon Valley.

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About Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado (Málaga, 1983), es analista político-económico, editor y ocasional traductor. Trabaja como consultor empresarial independiente. Ha sido consultor en América Latina, región en la que ha vivido intermitentemente los últimos años. Ha colaborado o colabora con regularidad en EL PAIS, AHORA y El Estado Mental. Fue redactor de Cultura en infoLibre. Es también redactor de informes en la editorial Acantilado. Pertenece a la red de periodistas culturales de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) Ha traducido, entre otros, a Bob Woodward, al marqués de Sade, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro Miami y el sitio de Chicago, prologó. Ha prologado la reciente edición de Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Antes de eso, fue librero y se licenció en Economía.

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