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Las efemérides y las celebraciones de días nacionales importantes –caso hoy del 41 aniversario de nuestra Constitución– tienen algo de impostado que suele causar mofa en muchos, cuando no desprecio, por parecer algo añejo, reminiscencias de otro tiempo. Una reacción casi instintiva en aquellos que nos criamos en una España reacia a una identidad nacional fuertemente explicitada tras las décadas de apropiación franquista de los símbolos de todos. Sin embargo, si algo hemos descubierto en estos años es que necesitamos las identidades grupales, y estas necesitan sus relatos, sus símbolos, y también sus ficciones compartidas. «En una sociedad de éxito la gente florece cuando puede combinar prosperidad con un sentido de pertenencia y estima», escribe, tirando de Jonathan Haidt y su Teoría de los Fundamentos Morales, el economista británico Paul Collier en El futuro del capitalismo. Cómo afrontar las nuevas ansiedades (Debate). Libro que leo mientras tienen lugar, de fondo en la televisión, los actos de conmemoración de nuestra Carta Magna.

Es un ensayo inteligente que analiza por qué se descompuso el consenso socialdemócrata –asumido por centro-izquierda socialista y centro-derecha democratacristiano–, y propone algunas ideas para recuperar lo que para Collier es la clave de bóveda de cualquier sistema ético y funcional: la reciprocidad. Según el autor, la culpa intelectual del declive se debe a los economistas utilitaristas –que sustentan sus propuestas y teorías en un ser humano que no existe– y a los juristas rawlsianos, que con su concepción de la justicia propiciaron el auge de la identidad en base a la autopercepción como víctimas.

En este contexto de falta de suelo común y de mengua de la reciprocidad, se ha producido la escapada de las élites globales; esos «ciudadanos del mundo» muy formados y con trabajos buenos en los que basan su identidad, y que tienen por paletos a aquellos a los que aún confortan las identidades nacionales –quizá porque no tienen otra a la que agarrarse–. En un comentario que recuerda a la denuncia de la «escisión de las élites» que Christophe Guilluy ha expuesto en su libro No Society (Taurus), Collier denuncia las respuestas nacionalistas que hemos conocido en estos años en Escocia, en el sur de Brasil, en Padania y, sobre todo, Cataluña: «Todas las secesiones, en apariencia distintas, tienen una cosa en común: se trata de regiones ricas que intentan abandonar sus obligaciones con el resto del país». El problema, para Collier, es «el resentimiento contra las obligaciones recíprocas creadas en relación con una amplia identidad compartida» y, por lo tanto, «al igual que el capitalismo, se merecen los adjetivos de codiciosos y egoístas».

Collier pone el foco, también, en otro asunto igual de corrosivo para la identidad y la reciprocidad grupal que pasa más desapercibido, al menos entre grupos que se consideran defensores de las identidades nacionales o colectivas: el de los impuestos. Para este profesor de políticas públicas, el discurso y la defensa permanente de la bajada de impuestos, como si estos fueran malos de por sí, y sin importar los efectos que la merma fiscal tenga en los más desfavorecidos y en el suelo común a todos, está también detrás del debilitamiento de la reciprocidad que sustenta la cohesión social. El mensaje de desentendimiento con el resto de la sociedad que lanzan los grupos privilegiados al exigir y conseguir rebajas de impuestos –por más técnicamente justificados que estén en base al utilitarismo benthamiano– no es inocuo en el desentendimiento posterior de muchos subgrupos sociales respecto a las reglas comunes, incluso respecto al sistema en su conjunto, caso de los chalecos amarillos o de las clases populares que apoyaron el Brexit.

La deslegitimación de lo público sucede, por tanto, en el espacio de lo simbólico e identitario, pero también en los aspectos materiales. Hemos aprendido –o, al menos, lo estamos aprendiendo– que es importante recordar y celebrar los símbolos que nos agrupan, como la Constitución de 1978. En cuanto a los impuestos y el terreno común de unas políticas públicas sólidas y bien financiadas, aún estamos muy lejos de encaminarnos a un consenso parecido.

 

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About Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado (Málaga, 1983), es analista y consultor, editor y ocasional traductor. Ha sido asesor político y escritor de discursos del presidente Pedro Sánchez durante su primer Gobierno, entre junio de 2018 y julio de 2019. Actualmente es asesor en el Gabinete del Presidente del Senado de España, donde trabaja como discursista para el filósofo Manuel Cruz. Ha sido analista jefe del servicio de riesgo-país de la consultora internacional LLORENTE & CUENCA, además de consultor en América Latina, región en la que ha vivido intermitentemente los últimos años. Fue Business Intelligence Manager de la consultora The Search Group, en su sede central en Belgrado. Es crítico de libros de no ficción de El Cultural del diario El Mundo, donde también escribe como analista de política internacional. Ha colaborado o colabora con regularidad en EL PAÍS, Letras Libres, The Objective y El Asombrario. Es también editor externo en el Grupo Planeta y redactor de informes en la editorial Acantilado. Ha traducido, entre otros, a Francis Fukuyama, Jonathan Haidt, Bob Woodward, al marqués de Sade, a William Kotzwinkle, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro 'Miami y el sitio de Chicago', prologó. Ha prologado la reciente edición de 'Viaje a la aldea del crimen', de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Antes de eso, fue librero y se licenció en Economía.

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