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A Natalia

Que merece mucho más que estas notas.

Queda la promesa de algo grande.

Celebra el día de su Santo como cada amanecer del resto del año: recordando a su madre. El recuerdo específico con el que lo hace cada 27 de julio es el huevo pasado por agua que su madre le preparaba para desayunar ese día, y que desde hace ya demasiados años solo se materializa en una evocación intensa, recurrente, dolorosa y, al mismo tiempo, liberadora por inevitable: la de la impúdica ausencia del rostro con el que, cada día, encuentra más semejanzas con el suyo propio. El correr de los años las acerca, pero habría preferido parecerse a cualquier otra rama de la familia menos agraciada a cambio de que ese correr de los años hubiera sido junto a ella, al menos durante un tiempo más. Hasta una edad más cercana a esa en la que empieza a parecernos legítimo que la vida comience a arrebatarnos cosas en lugar de a ofrecérnoslas. Es difícil precisar esa frontera. ¿36 años, mi edad actual? ¿45? No sé, pero desde luego, esa línea entre una parte y otra de la vida, con sus derechos y deberes distintos, con sus alegrías y tristezas propias, no está en los 16 ni en los 17 años.

Recuerda a su madre, y yo no sé muy bien qué decir. Porque mi madre es el centro del universo, y no sé si, de haberla perdido joven, todos los códigos morales con los que me guío y con los que me intentan guiar los amigos y todos los que me quieren bien, me dirían algo. Esos códigos con los que yo ahora busco algunas palabras, torpes e inútiles, con las que mostrarle que intento comprender cuánto la extraña, lo irreparable de la pérdida, el descaro de su imagen imborrable. Pero me parecen códigos inservibles, armas de otra época. Sin mi madre, quizá habría tenido que aprenderlo todo de nuevo, como puede que haya debido hacer ella, y no sé si entonces las palabras que se esperan de un tercero me sonarían tan vacías y huecas como la propia ausencia de mi madre. Hay dolores y duelos tan abismales que son capaces de arrastrar las mejores intenciones, todo gesto, cualquier palabra. Yo me siento al borde de ese risco.

Un día después de su Santo será, además, el aniversario de la muerte de la madre, y entonces veré que las palabras no son indiferentes, ojalá. Aun escogidas con tiento y cariño, me dan la impresión de ser combustible en la hoguera de un dolor incalculable, tan ajeno a cualquier otro, que supone en la práctica la experiencia de aislamiento más atroz del mundo. Un dolor que te recuerda la fragilidad de todo, que te hace inolvidable la contingencia de la realidad, y que, al mismo tiempo, te aleja de ella y de los demás con su carga única, intransferible, de sufrimiento. Muy temprano, cuando aún duerme, voy a por la prensa, el pan y los buñuelos de Coín para el desayuno, pero no he encontrado huevos a esa hora para prepararle uno como en su infancia, como me propuse hacer cuando, por la noche, me contó cuánto le gustaba ese gesto de su madre. Una imposibilidad que me recuerda, en su aparente livianidad, la dificultad de colmar anhelos y recuerdos tan arraigados, tan personales y profundos, aunque inicialmente se nos presenten como detalles menores.

Su sonrisa en la cama con los vídeos ligeros y bromistas que sus amigos le enviarán a primera hora del día 28 me indica que ese es el único consuelo. No se trata de entender, de razonar sobre la inevitabilidad de la muerte, ni de echar cuentas y calcular el número inmenso de personas de nuestro entorno que nos quieren, nos admiran y nos acompañan aunque otros se hayan ido. Ese razonamiento, esa jerga patricia y acartonada, parece creada por alguien saludablemente eterno, que no ha perdido a nadie en su vida, que aún llega a casa y da las buenas noches a su huraño bisabuelo y da un beso a su octogenario sobrino. No, ahí solo cabe estar, observar, quizá aprender, pero, sobre todo, no añadir dolor. Primum non nocere, lo primero es no hacer daño, como reza la máxima de los médicos.

Pocos días después me acuerdo otra vez de su madre, cuando llevo a mi hijo al aeropuerto para que, a sus siete años recién cumplidos, vuele solo desde Málaga a París, donde le espera su ama. Observo cómo entra con normalidad en el avión acompañado de la azafata que se hará cargo de él hasta el destino, y yo siento una angustia inocultable por verle marchar solo, tan pequeño. Como si hubiera abjurado de mi deber básico con él de protegerle y estar a su lado mientras está en la primera etapa de la vida, cuando se nos ofrecen las cosas. Y entonces pienso en la impotencia que debió sentir la madre de ella, al ver marchar a su hija aún pequeña a cualquier parte cuando la enfermedad ya no daba tregua, intuyendo que esa mirada de adiós podía ser la última. Brevemente, me derrumbo. Sollozo con disimulo, y ella lo nota, aunque está ya lejos. Porque me escribe un mensaje diciéndome que siente que algo pasa. Y le digo que se me ha hecho inesperadamente duro ver a mi hijo irse solo, tan pequeño, a otro país. Como si tampoco a él le tocara vivir eso aún.

El día de su Santo, paseamos por el pueblo, aún tímidos, fingiendo –al menos en mi caso– una distancia que no deseo guardar. Y observo que le gustan esas estrechas calles de paredes encaladas, que ocasionalmente mira su teléfono, que sonríe. Que tiene ganas de contar dónde está y lo que ve, a su padre, a sus amigos. En definitiva, que pese a todo, mantiene la curiosidad y la fascinación por el mundo, sin reprocharle con su mirada alegre lo que ya no está ahí pero tampoco es capaz de olvidar nunca. Veo la esperanza, porque no otra cosa me invita a pensar la ausencia de rencor por una pérdida incomprensible y devastadora. Y lo que deseo entonces es ser capaz de ser digno de esa esperanza, de no traicionarla. Le hablo de la casa más vieja de la calle, con la secreta intención de que me siga, se acerque, y pueda abrazarla, pero parece reacia, y yo no insisto. Junto a otros dos amigos que nos acompañan en la balconada en la que termina la plaza del pueblo, nos hacemos unas fotos. Les explico la historia del lugar, pero nada de eso parece importar mucho ahora. Siento una reconfortante satisfacción por haberla llevado hasta allí. La observo hablar con A., la veo reírse, posar con gesto irónico para alguna foto en la que aparecerá ella sola con las casas blancas del pueblo de fondo, y entonces pienso que, quizá, aunque el rostro de su madre sigue ahí, el dolor se ha ido durante unos segundos.

En el coche, de vuelta, está sentada detrás, y me doy cuenta por el espejo retrovisor de que comenta algo a A. en voz baja, que está sentada a su lado, y se ríe. Ella no se da cuenta de que la observo, porque llevo gafas de sol oscuras y apenas muevo la cabeza al subir la mirada. Le cuenta algo de un cantante del que no quiere escuchar la canción que ahora suena, a lo que A. le dice que a ver si ahora no vamos a poder escuchar nada de ese cantante. Me desentiendo y vuelvo a mirar al frente, porque la carretera tiene demasiadas curvas y los cuatro tenemos demasiado sueño tras una comida generosa a base de platos pequeños de tomates de huerta de la zona, conejo al ajillo, magro, boquerones y gambas. Durante veinte minutos, apenas nos dirigimos la palabra, y los tres intentan descansar. Llegamos a la casa, donde dicen que se echarán un rato a dormir hasta que yo vuelva de comprar unos regalos para mi hijo, que celebra su cumpleaños horas después. Me voy, y aún no he arrancado el coche cuando vuelvo a pensar en el dolor y la ausencia. Pero, aunque aún añoro el abrazo que busqué en el pueblo, tengo una tímida sonrisa dibujada en el rostro tostado por el sol de la sierra. Una sonrisa que ella, en los peores días, en sus días de duelo, me ha regalado. Algo que yo no puedo olvidar.

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About Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado (Málaga, 1983), es analista y consultor, editor y ocasional traductor. Ha sido asesor político y escritor de discursos del presidente Pedro Sánchez durante su primer Gobierno, entre junio de 2018 y julio de 2019. Actualmente es asesor en el Gabinete del Presidente del Senado de España, donde trabaja como discursista para el filósofo Manuel Cruz. Ha sido analista jefe del servicio de riesgo-país de la consultora internacional LLORENTE & CUENCA, además de consultor en América Latina, región en la que ha vivido intermitentemente los últimos años. Fue Business Intelligence Manager de la consultora The Search Group, en su sede central en Belgrado. Es crítico de libros de no ficción de El Cultural del diario El Mundo, donde también escribe como analista de política internacional. Ha colaborado o colabora con regularidad en EL PAÍS, Letras Libres, The Objective y El Asombrario. Es también editor externo en el Grupo Planeta y redactor de informes en la editorial Acantilado. Ha traducido, entre otros, a Francis Fukuyama, Jonathan Haidt, Bob Woodward, al marqués de Sade, a William Kotzwinkle, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro 'Miami y el sitio de Chicago', prologó. Ha prologado la reciente edición de 'Viaje a la aldea del crimen', de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Antes de eso, fue librero y se licenció en Economía.

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