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Acabo de enterarme de la muerte repentina del escritor y periodista mexicano Sergio González Ramírez, a los 67 años, en su ciudad. En los próximos días se glosará su figura y su obra, y algunos diarios han empezado a hacerlo ya. Anagrama ha publicado su obra en los últimos años, y a sus editores también dirijo mis condolencias.

Y como su figura pública va a ser glosada y homenajeada con justicia, quiero contar alguna cosa personal que vivimos que creo que muestra bien su talla humana gigantesca, su valentía y su generosidad, más allá del valor periodístico e histórico que tiene su obra.

Yo había sido destinado a México y durante los meses previos estuve leyendo todo lo que pude sobre el país, hubiera sido escrito o publicado dentro o fuera. Leí los libros de Sergio sobre los feminicidios en Ciudad Juárez, sobre las relaciones entre narco y política, la violencia extrema entre cárteles, etc. Los títulos de sus libros eran poco alentadores para alguien que iba a instalarse allí, y el contenido, aún peor: Huesos en el desierto, El hombre sin cabeza…

Cuando llegué me instalé en la colonia Roma, en calle Chiapas, aunque pronto me trasladé a un apartamento justo a la espalda de la Embajada de Estados Unidos. Tenía que pasar entre policías para entrar en mi portal, aunque lo cierto es que jamás me registraron. Los libros de Sergio me habían impactado mucho. Eran exhaustivos, y tocaba todos los puntos: muchos sectores económicos, todas las regiones del país, los principales partidos. Y traslucía que sus fuentes eran no sólo muy confiables sino que tenían acceso a información muy reservada. Así que, apenas aterricé, le escribí para vernos. Mi “excusa” (que tampoco la habría necesitado, como vi tras conocerle) era que él acababa de ganar el Premio Anagrama de Ensayo por otro libro de título demoledor, Campo de guerra y quería conocerle. Utilicé aquella conversación para enviar al Cultural de ABC el extracto que reproduzco abajo, y que fue publicado el 23 de junio de 2014.

Empecé la entradilla diciendo que “Siempre hay algo secretamente fascinante al estar ante alguien que ha visto tanto horror y mantiene la normalidad aparente”, aunque esta frase fue finalmente suprimida en la edición que hicieron en ABC. No es que sea fascinante por morbo, sino por el grado de generosidad que implica. Sergio jamás me contó tras ese primer contacto las palizas que le habían dado por sus investigaciones, y que le habían provocado cierta cojera y dificultades de movilidad ostensibles. También había perdido algo de audición y llevaba siempre un audífono bastante grande. No obstante parecía coqueto, con sus gafas de diseño de algún color poco habitual, y con su bigote perfectamente recortado.

Aunque era yo el que acudía en persona a por información, era él quien siempre pagaba la cuenta, por más que me resistiera. Tan agradecido quedó con la entrevista. Y, cuando dejé México, siempre respondió a mis emails en los que le pedía alguna opinión con cariño y generosidad. El último que crucé con él es de hace apenas unas semanas, y le presentaba a la consultora política Imma Aguilar, que tenía pensado viajar al DF por trabajo. Él respondió con el cariño habitual.

Aunque el intercambio de correos más llamativo y más representativo de su actitud con los demás y ante la situación de su país lo tuvimos durante la polémica visita del entonces candidato Trump a Los Pinos, la sede del Gobierno mexicano. Se las sabía todas, y a veces yo también lo hice gracias a él, que jamás me pidió nada a cambio.

La comparecencia del millonario republicano fue relatada en México como un caso de “torpeza política”, como “error humano” del equipo incompetente del presidente Peña Nieto. Yo conocía de cerca gente de ese entorno, y nunca me creí esa versión. Escribí en casa un par de párrafos con lo que yo pensaba que había pasado, y que pensaba publicar como artículo. No obstante, me parecía demasiado atrevido, e incluso caprichoso e injurioso (dos rasgos que detesto del periodismo político opinativo), y le escribí preguntándole qué le parecía mi hipótesis antes de enviarla al editor. Entiendo que no le falto al respeto al publicarlo, pues él mismo me dio permiso para hacerlo circular entre determinados conocidos tras la victoria de Trump:

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Sergio era un hombre sagaz, bien informado, cariñoso y trabajador. A mí a veces me parecía demasiado crítico y derrotista, y así se lo decía. Él me contestaba que yo tuve Plan Marshall y ellos Plan Cóndor, o algo por el estilo. Veía todo con gafas políticas, estaba alerta permanente, pero sin anteojeras ideológicas. Se pateó los caminos, y su maltrecho cuerpo así lo mostraba. Quizá por eso se ha ido tan pronto. Lo traté poco pero me enseñó mucho, no sólo –ni siquiera sobre todo– de México. Que la tierra te sea leve, amigo. Descansa en paz.

 

Entrevista completa con Sergio González Rodríguez, aparecida en ABC Cultural en junio de 2014.

“En México el narcotráfico no tomó el Estado, sino que el Estado creó el narco”

Sergio González Rodríguez, último Premio Anagrama de Ensayo por ‘Campo de guerra’ y autor de otros dos libros de referencia sobre la violencia en México, critica el espacio deshumanizado en que se ha convertido su país gracias al narco, a sus supuestos oponentes y la corrupción política

Por Antonio García Maldonado.

México DF.

El periodista Sergio González Rodríguez (México, 1950) apenas tarda dos minutos en responder el correo electrónico: “Ando cerca de su zona, veámonos ahora”, contesta en domingo a la solicitud de un encuentro para conversar sobre su último libro, Campo de guerra, que le ha valido el Premio Anagrama de Ensayo, y que presenta el próximo día 6 de junio en Madrid. El libro es la culminación de una trilogía sobre fenómenos extremos contemporáneos que comenzó con Huesos en el desierto (Anagrama, 2002) –una crónica espeluznante de los feminicidios en Ciudad Juárez– y siguió con El Hombre sin cabeza (Anagrama, 2009), su estudio sobre la violencia de un crimen organizo en expansión.

 

Campo de guerra es el más ensayístico de todos, la destilación de los significados de la violencia en la reconfiguración del espacio  físico y social. Y su tesis no es nada halagüeña. La violencia del narcotráfico, la guerra contra los cárteles, los intereses geopolíticos norteamericanos y de sus empresas multinacionales, todo ello sumado a una tecnología del Big Data y de control virtual, han derivado en una deshumanización social cuya consecuencia más evidente es el abandono de las causas más básicas del bienestar. Todo ello, sí, bajo una cáscara democrática legitimadora. “Implica un cambio integral de civilización que urge comprender: la era del transhumanismo planetario de cariz tecnológico y militar; las sociedades del futuro vigiladas y controladas”, escribe el autor. En su opinión, con diferentes contextos y grados, es un panorama extrapolable al resto del mundo.

 

Finalmente nos sentamos en un bar junto a la embajada norteamericana, y entre sorbos tímidos de la jarra de cerveza que agarra con sus manos pequeñas, comienza a hablar (“En México tuvimos de jefe de la CIA a Howard Hunt, el del Watergate”), mostrando su desazón y pesimismo sobre el campo de guerra en el que el narco y la reacción a éste, y sobre todo la corrupción política, han convertido a México. Siempre hay algo secretamente fascinante al estar ante alguien que ha visto tanto horror y mantiene la normalidad aparente.

-¿Cuándo hablamos en México de narco, de lucha contra el narco y de política, no hablamos en gran medida de la misma cosa?

-Lo que sucede es que en México hay muchos cambios pero pocos avances, especialmente en las políticas de seguridad pública, y el índice de impunidad es prácticamente absoluto, y eso se debe a que en México el narcotráfico no tomó el Estado, sino que el Estado creó el narco; eso generó mucha corrupción, tanta que no son anécdotas en un panorama de honestidad, sino que es estructural. Hay que destruir ese malentendido: el narcotráfico en México no es algo aparte de las instituciones. Es consustancial a ellas, y ese es el gran problema.

-¿Pero no ha cambiado nada? El Gobierno anterior, el de Felipe Calderón, presumió de haber enfrentado a los cárteles.

-Hay que diferenciar lo que es información y propaganda. El Gobierno invierte cantidades extraordinarias de dinero en propaganda, y no se le está contando al mundo la verdadera situación de México. Por otro lado, no fue una decisión explícita del Gobierno de Calderón enfrentar la llamada ‘Guerra contra el narcotráfico’, sino que vino en gran parte impuesta por EE.UU, una guerra que ha dejado un saldo de muertos y desaparecidos similar al que tuvo la guerra de Kosovo. Estamos hablando de cómo convirtieron una sociedad en un campo de guerra.

-¿El PRI está volviendo a reacomodar el panorama del narco que saltó por los aires con la guerra de Calderón?

-Como comentaba, el narco en México es una creación del propio Estado, una criminalidad que se distribuyó el país por zonas y cuyo orden estaba garantizado por la Dirección Federal de Seguridad, y en esa medida ahora hay una continuidad institucional. No sé hasta qué punto se está dando un reacomodo dirigido desde el poder, pero es plausible que así sea, porque todos los Estados, en una u otra medida, mantienen el control del crimen organizado, y en México se descontroló hasta el punto de que está cerca de devorar a las instituciones.

-Pero este tipo de pactos con los narcos, o la legalización de las organizaciones de autodefensa, no deja de ser una constatación de un fracaso total del Estado.

-Sí, desde luego, en México, más que un Estado fracasado, tenemos lo que yo denomino un Estado alegal. Tenemos un an-Estado, es decir, que actúa fuera y contra su propia legalidad. Mientras esto no cambie, no vamos a poder avanzar.

-¿Pero cómo se hace eso cuando todas las instituciones están corrompidas e infiltradas por el narco?

-Es el gran problema. Tiene que haber una reacción y cambio de mentalidad muy grandes en las clases dirigentes.

-No parece que haya solución a medio plazo, entonces

-Parece que no la vemos de inmediato, pero o lo hacemos o corremos gran riesgo de que haya una insurrección social.

-¿Cree que es posible que se produzca?

-Desde luego. Cuando tienes situaciones tan fuera de control la gente se exaspera. Ahora vemos cómo proliferan las autodefensas comunitarias, que no es otra cosa que paramilitarizar una sociedad, cómo aumenta la justicia por mano propia, que nunca debería ser permitida. Pero tampoco la solución es un endurecimiento del Estado, porque eso también lo hemos tenido en México desde los años 90, con leyes duras contra la delincuencia organizada. Con esa ley no ha cambiado nada, al contrario, empeoró. En esta sociedad tan grande, con tanta pobreza y tanta desigualdad, la solución de la violencia no es esa.

-Los datos de pobreza en México no han mejorado mucho en veinte años

-Así es, y el poder adquisitivo sigue bajando escandalosamente. Más de la mitad de la población vive en la pobreza, en un entorno de violencia desatada. Es una bomba de tiempo, y en vez de invertir el dinero en gasto social, en inversión productiva, el Estado compra armas. Es un problema histórico, por los lazos que mantienen desde siempre nuestras oligarquías con Estados Unidos y su capital, y se olvidan de sus sociedades. Nosotros somos su patio trasero desde antes de la Doctrina Monroe.

-¿Por qué América Latina acepta una política antidroga tan perjudicial para ella?

-Son las mismas oligarquías las que han negociado esto. Nadie ignora que toda la ilegalidad, que no es sólo droga, sino secuestros, extorsión, tráfico humano de mujeres y migrantes, todo ello nace de una concepción de ilegalidad que Estados Unidos exigió al resto del mundo y que se agravó cuando Richard Nixon utilizó todo el asunto para armar su relato político en una etapa en la que su sociedad exigía la vuelta a cierto orden, porque hablamos de la guerra de Vietnam, de las revueltas en barrios negros exigiendo derechos, de Luther King, Malcom X… todo ese discurso lo hemos acabado pagando nosotros, que además les compramos armas y les servimos mano de obra barata. Además, hay un gran negocio de armas, software, hardware, etcétera en el planteamiento actual de la lucha contra la droga. Y no olvidemos que también es una gran fuente de dinero negro.

-¿Legalización, entonces?

-Podría ser la solución si se realizara de forma integral, con un enfoque de salud pública. Ya se intentó en México, en la década de 1940, con Lázaro Cárdenas en la presidencia, pero las presiones de Estados Unidos provocaron la retirada de esas leyes. Pero la legalización no se va a producir, porque Estados Unidos no quiere, para ellos es el negocio del siglo. A la industria de las armas de Estados Unidos, que le vende tanto al Gobierno como a los narcos, no le interesa.

-¿Qué se puede hacer para acabar con la infiltración social del narco mientras tanto?

Que el dinero vaya a inversiones productivas que generen empleo y que haya cobertura social, para que el ciudadano no se vea tentado de colaborar con los narcotraficantes porque no tiene otra opción para sobrevivir. Nuestra sociedad está empobrecida, que es el mejor escenario para que los narcos lleguen e impongan su ley, y para que las empresas norteamericanas consigan su mano de obra barata, además de grandes pedidos de armas. Esta necesidad de colaborar con el narco es con la que hay que acabar, ofreciendo oportunidades. Solo así se puede combatir la economía de la violencia, que es la que empuja para que todo siga igual. Este es un campo de batalla muy rentable para terceros, y para nosotros un desastre colectivo.

-Desde Europa, puede sonar un poco exagerado su discurso contra Estados Unidos.

-Bueno, acá en la región no tuvimos un Plan Marshall sino un Plan Cóndor, ayuda a la represión, invasiones, rearme de paramilitares y de ejércitos que torturaban, pero no hace cien años, sino hace veinte o treinta, especialmente en Centroamérica. Cuando me hablan de que esto suena a teoría de la conspiración, siempre digo que lo inverosímil es lo que hicieron ellos: el escándalo Irán-Contra, que implicó que la CIA ejercía de narcotraficante, o crear una guerra en Irak en base a una mentira. Por no hablar de la NSA y el espionaje masivo. Esa mezcla entre control militar, prevalencia de intereses económicos empresariales, formalismo democrático, violencia de baja intensidad y espionaje masivo es lo que yo llamo un campo de guerra, y en mayor o menos medida, todos lo estamos sufriendo.

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About Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado (Málaga, 1983), es analista político-económico, editor y ocasional traductor. Trabaja como consultor empresarial independiente. Ha sido consultor en América Latina, región en la que ha vivido intermitentemente los últimos años. Ha colaborado o colabora con regularidad en EL PAIS, AHORA y El Estado Mental. Fue redactor de Cultura en infoLibre. Es también redactor de informes en la editorial Acantilado. Pertenece a la red de periodistas culturales de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) Ha traducido, entre otros, a Bob Woodward, al marqués de Sade, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro Miami y el sitio de Chicago, prologó. Ha prologado la reciente edición de Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Antes de eso, fue librero y se licenció en Economía.

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