trabajo

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  • Parece que la humanidad todavía no está preparada para reclamar su pensión colectiva. Entender el porqué exige reconocer que nuestra relación con el trabajo es mucho más interesante y compleja de lo que la mayoría de los economistas tradicionales nos haría creer.
  • los cazadores-recolectores como los ju/´hoansis no vivían siempre al borde de la inanición.
  • Su vida económica se organizaba en torno a la presunción de la abundancia, en lugar de a la preocupación por la escasez.
  • ¿Por qué, en una época de abundancia sin precedentes, seguimos tan preocupados por la escasez?
  • En el mundo natural, la eusocialidad es poco habitual, incluso entre los insectos.
  • si bien el éxito o el fracaso en la búsqueda de energía siempre determinará la trayectoria evolutiva de cualquier especie, tal vez muhcos rasgos y comportamientos animales difíciles de explicar hayan sido determinados por la sobreabundancia estacional de energía más que por la batalla por unos recursos escasos, y que en esto puede residir la clave de por qué nosotros, la especie que más energía derrocha de todas, trabajamos tanto.
  • cazar, casi con seguridad, estaba entre las presiones selectivas que fomentaron la capacidad de nuestros antepasados de desarrollar un lenguaje complejo. Y lo que es igual de importante, cazar de esta forma pudo desempeñar un papel importante en la formación de su sociabilidad e inteligencia social, así como en el desarrollo de la perseverancia, la paciencia y la pura determinación que aún caracteriza nuestra visión del trabajo.
  • al dominarlo nuestros antepasados redujerin la cantidad de tiempo y esfuerzo que tenían que dedicar a la búsqueda de comida, y, como esto, a su vez, estimuló el desarrollo del lenguaje, la cultura, los relatos, la música y el arte, así como el cambio de los parámetros de la selección natural y sexual, al convertirnos en la única especie en la que el cerebro podía ser más beneficioso para el sexo que el músculo. Luego verían cómo, al proporcionar a nuestros antepasados tiempo libre, un lenguaje y una cultura, el fuego también convocó la existencia del detestable contrario del ocio: el concepto de “trabajo”.
  • el fuego no solo supuso la primera gran revolución energética en la historia de nuestra especie, también fue la primera gran tecnología que ahorró mano de obra.
  • [HABLANDO DE LOS JU HANIS QUE PUEDEN ALIMENTARSE Y ALIMENTAR A LOS SUYOS TRABAJANDO ENTRE 15 Y 17 HORAS SEMANALES] en una o dos horas de trabajo diarias, una pequeña parte del tiempo que dedican a la búsqueda de comida otros grandes primates, y una pequeña parte del tiempo que la mayoría de nosotros dedicamos a trabajar.
  • el aburrimiento es una madre de la invención más fértil que la necesidad, que puede estimular pensamientos prosociales muy antinietszcheanos, así como una conciencia de uno mismo más intensa, una perspectiva que se teologiza en el budismo zen. Además, impulsa la búsqueda de sentido de nuestra especie y posibilita que encontremos satisfacción, orgullo y sensación de logro en aficiones que no tienen más objetivo inmediato que mantenernos ocupados.
  • Si no fuera por el aburrimiento, viviríamos en un mundo sin aficionados a los trenes, sin caballeros jedi a tiempo parcial, sin coleccionistas de sellos ni tallistas de madera, y muy posiblemente sin ninguna de las invenciones que han cambiado el curso de la historia. Es mucho más probable que fuera el aburrimiento, y no cierta aptitud para la física, lo que le enseñó al Australopithecus que al romper una roca con otra se podían producir lascas afiladas que cortaban.
  • Es probable que la necesidad de ocupar una mente cada vez más inquieta durante el tiempo libre fuera una presión evolutiva que seleccionó a quienes podían liberar a los demás del agobio del aburrimiento: los sociables, los elocuentes, los imaginativos, los que tenían talento musical y los verbalmente agudos (quienes podían usar el lenguaje para contar historias, entretener, encandilar, tranquilizar, divertir, inspirar y seducir).
  • Y es aquí donde el modelo estructuralista de Lévi-Strauss añade otra dimensión fundamental a la historia del trabajo, porque sufiere que el fuego, al proporcionar a nuestros antepasados más tiempo de ocio, dio vida a la vez al concepto opuesto al ocio, el trabajo, y puso a nuestra especie en el camino que nos llevaría de la búsqueda de comida en los bosques a una fábrica.
  • durante el 95 por ciento de la historia de nuestra especie, el trabajo no ocupó en absoluto el lugar sagrado que tiene ahora en la vida de las personas.
  • Al almacenar comida ocasionalmente y organizar su año laboral para adaptarse a las intensas variaciones estacionales, las poblaciones de cazadores-recolectores europeas y asiáticas dieron un paso importante hacia la adopción de una relación con el trabajo a más largo plazo, más centrada en el futuro. Al hacerlo, también se desarrollaron una relación diferente con la escasez, que se parece a la que ahora conforma nuestra vida económica en algunos aspectos importantes.
  • solo cuando la Tierra empezó a calentarse hace 18.000, alguien dio los primeros pasos decisivos hacia la producción de alimentos, y así sentó las bases de nuestra especie, aumentando la huella energética y la obsesión por el trabajo.
  • Los cazadores-recolectores centraban casi toda su atención en el presente o el futuro inmediato. Iban a recolectar y cazar cuando tenían hambre, y desplazaban los campamentos cuando los puntos de agua se secaban o las fuentes de alimentos cercabas necesitaban tiempo para recuperarse.
  • Tampoco veían ninguna diferencia sustancial entre sus vidas y las de sus antepasados.
  • La producción de alimentos requiere vivir a la vez en el pasado, el presente y el futuro.
  • Pero centrar la mayor parte del esfuerzo en trabajar para recompensas futuras también significa habitar un universo de posibilidades infinitas.
  • Si los cazadores-recolectores aceptaban estoicamente las dificultades ocasionales, los agricultores estaban convencidos de que siempre les podía ir mejor si trabajaban un poco más.
  • Al invertir trabajo en sus tierras para producir las “necesidades de la vida”, los agricultores consideraron su relación con el entorno unos términos mucho más transaccionales de lo que nunca hicieron los cazadores-recolectores.
  • No resulta sorprendente que los agricultores tendieran a extrapolar la relación trabajo/deuda que tenían con sus tierras a las relaciones entre ellos. Compartían entre sí, pero más allá de la familia directa o un gripo esencial de parientes, el hecho de compartir se formulaba como un intercambio, aunque fuera desigual. En las sociedades agrícolas, nada era gratis. Se esperaba que todo el mundo trabajara.
  • los cazadores-recolectores, cuyas economías eran de beneficio inmediato, consideraban su relación con los demás como una extensión de la que tenían con el entorno que compartía alimentos con ellos, y los agricultores, cuyas economías era de beneficio diferido, consideraban su relación con los demás como una extensión de su relación con la tierra que les exigía trabajo.
  • [SOBRE LAS CIUDADES] Al ser las primeras reuniones grandes de personas que no dedicaban ningún tiempo o esfuerzo a producir alimentos, un cóctel de circunstancias, curiosidad y aburrimiento los llevó a encontrar otras ocupaciones creativas en las que emplear su energía.
  • muchos historiadores han sostenido que, aunque la desigualdad no sea un hecho inherente a la naturaleza humana, es probable que junto con las enfermedades zoonóticas, el despotismo y la guerra, fuera una consecuencia directa e inmediata de la adopción de la agricultura.
  • durante gran parte de los siguientes doscientos años, los movimientos laborales y después los sindicatos centrarían casi todos sus recursos en asegurar un salario mejor para sus miembros y más tiempo libre para gastarlo, en lugar de intentar que sus trabajos fueran interesantes o satisfactorios.
  • Durkheim creía que la anomia era algo más que una sensación individual de dislocación profunda que surgía de cambios asociados a la Revolución Industrial. Insistió en que se caracterizaban por lo que llamó la “enfermedad de la aspiración infinita”, una condición que aparecía cuando “no hay límites para las aspiraciones del hombre” porque “ha dejado de saber qué es posible y qué no lo es, qué es justo y qué es injusto, qué reivindicaciones y expectativas son legítimas y cuáles son excesivas”.
  • en 1917, Durkheim tampoco estaba ya tan convencido. En 1914, el nacionalismo que pensaba que podía curar a la gente de anomia se había transformado en algo horrible que, combinado con las ambiciones ilimitadas de los líderes europeos y la capacidad recién descubierta de producir en masa armas aún más destructivas, había precipitado al continente a la primera guerra de la era industrial.
  • cada vez más la anomia parece la condición permanente de la era moderna.
  • “Apenas puede encontrarse un trabajador competente […] que no dedique una cantidad considerable de tiempo a estudiar hasta qué punto puede trabajar lentamente y aun así convencer a su empleador de que va a buen ritmo”, explicó Frederick Winslow Taylor.
  • Hacia la década de 1950, la semana de treinta horas continuó siendo la norma en las fábricas de Kellogg. Después, para sorpresa de la dirección, tres cuartas partes de su plantilla de trabajadores votaron a favor de regresar a los turnos de ocho horas y a la semana de cuarenta horas. Algunos de los trabajadores explicaron que deseaban volver al turno de ocho horas porque el de seis implicaba pasar demasiado tiempo en casa con sus irritables esposas molestándoles. De todos modos, la mayoría fueron claros: querían trabajar más horas para llevar más dinero a casa, para comprar más o mejores versiones de la infinita procesión de productos de consumo mejorados constantemente que llegaban al mercado estadounidense en la próspera época de posguerra.
  • [GALBRAITH] “Se ha vuelto evidente tanto para conservadores como para progresistas –señaló con ironía- que el aumento de la producción agregada es una alternativa a la redistribución o incluso a la reducción de la desigualdad”.
  • “Gran Desacoplamiento” entre productividad y salarios.
  • “en los países más desiguales la gente suele subestimar los niveles de desigualdad, mientras que la que vive en países donde el grueso de la riqueza nacional está en manos de unas grandes clases medias tiende a ser más precisa y a veces incluso sobreestima la desigualdad”.
  • “la suma global de datos de Gallup obtenidos en los años 2014, 2015 y 2016 en 155 países indica que solo el 15 por ciento de los trabajadores del mundo están implicados en su trabajo. Dos tercios no están implicados un 18 por ciento está activamente no implicado”.
  • Con todo, inciden en algunas diferencias significativas en este compromiso según los distintos lugares. Estados Unidos y Canadá, donde el 31 y el 27 por ciento de sus trabajadores están comprometidos con su trabajo, son los líderes del mundo en la “implicación en el lugar de trabajo”. En cambio, solo el 10 por ciento de los trabajadores de Europa occidental están implicados, pero al menos son más felices que los de Japón, China, Corea del Sur, Hong King y Taiwán, donde solo entre cinco y siete de cada cien trabajadores se siente estimulado por su trabajo.
  • Se estima que el 10 por ciento de la gente más rica posee actualmente el 85 por ciento de los activos globales, y el 1 por ciento más rico posee el 45 por ciento de los activos globales.
  • Un objetivo es revelar cómo nuestra relación con el trabajo –en el sentido más amplio- es más fundamental de lo que imaginaron personas como Keynes. La relación entre la energía, la vida y el trabajo forma parte de un vínculo común que tenemos con los demás organismos vivientes, y al mismo tiempo nuestra determinación, nuestra habilidad y capacidad infinitas para hallar satisfacción incluso en lo mundano forman parte de un legado evolutivo perfeccionado desde el principio de la vida en la Tierra.
  • El propósito principal, con todo, ha sido aflojar la presión que la economía de la escasez ha ejercido sobre nuestra vida laboral, y disminuir nuestra correspondiente e insostenible preocupación por el crecimiento económico. Porque reconocer que muchas de las asunciones básicas que respaldan nuestra instituciones económicas son un artefacto de la revolución agrícola, amplificado por nuestra migración a las ciudades, nos libera para imaginar toda una serie de posibles futuros nuevos y más sostenibles para nosotros, y para afrontar el desafío de aprovechar nuestras incansables energía, determinación y creatividad para conformar nuestro destino.

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About Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado (Málaga, 1983), es analista y consultor político. Actualmente es asesor político y redactor de discursos de la Ministra de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación de España, Arancha González Laya. Es ensayista, autor de El final de la aventura (La Caja Books, 2020), editor y ocasional traductor. Junto al jurista Antonio Garrigues Walker ha publicado Manual para vivir en la era de la incertidumbre (Deusto, 2019, 5 ediciones) y Sobrevivir para contarla. Una mirada personal a la pandemia y al mundo que nos deja (Deusto, 2020). Ha sido asesor político y escritor de discursos del presidente Pedro Sánchez durante su primer Gobierno. También ha sido asesor en el Gabinete del presidente del Senado de España para el filósofo y presidente de la Cámara Alta Manuel Cruz. Ha sido analista jefe del servicio de riesgo-país de la consultora internacional LLORENTE & CUENCA (LLYC), además de consultor en América Latina, región en la que ha vivido intermitentemente los últimos años. Fue Business Intelligence Manager de la consultora The Search Group, en su sede central en Belgrado (Serbia). Es crítico de libros de no ficción de El Cultural del diario El Mundo, donde también escribe como analista de política internacional. Ha colaborado o colabora con regularidad en El Confidencial, The Objective, El Cultural y El Asombrario. Es también editor externo en el Grupo Planeta y redactor de informes literarios en la editorial Acantilado. Ha traducido, entre otros, a Francis Fukuyama, Jonathan Haidt, Bob Woodward, al marqués de Sade, William Kotzwinkle, H.D. Thoreau o Norman Mailer, cuyo libro ‘Miami y el sitio de Chicago’, prologó. Ha prologado la más reciente edición de ‘Viaje a la aldea del crimen’, de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Antes de eso, fue librero y se licenció en Economía.

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