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  • Quien habla del porvenir es un tunante, lo que cuenta es el presente. Convocar la posteridad es hacer un discurso a los gusanos.
  • Por eso pueden durar las guerras. Ni siquiera quienes las hacen, quienes las están haciendo, las imaginan.
  • La mayoría de la gente no muere hasta el último momento; otros empiezan veinte años antes y a veces más. Son los desgraciados de la tierra.
  • Hay que haber sobrellevado esa especie de agonía diferida, lúcida, con buena salud, durante la cual es imposible comprender otra cosa que verdades absolutas, para saber para siempre lo que se dice.
  • ¡Ah, compañero! ¡Este mundo, se lo aseguro, no es sino una inmensa empresa para cachondearse del mundo!
  • Encerrados allí, en su miseria oficial, como en un cercado baboso, los viejos trabajadores pastaban todo el excremento que se acumula en torno a las almas en los largos años de servidumbre. Odios impotentes, enmohecidos en la apestosa ociosidad de las salas comunes. Solo utilizaban sus últimas y trémulas energías para hacerse un poco más de daño y destruir lo que les quedaba de placer y aliento.
  • ¡Supremo placer! En su acartonada osamenta ya no subsistía un solo átomo que no fuera estrictamente malintencionado.
  • A los veinte años ya sólo tenía pasado.
  • En el frío de Europa, bajo las púdicas nieblas del norte, aparte de las matanzas, tan sólo se sospecha la hormigueante crueldad de nuestros hermanos, pero, en cuanto los excita la fiebre innoble de los trópicos, su corrupción invade la superficie. Entonces nos despertamos como locos y la porquería triunfa y nos recubre por entero. Es la confesión biológica.
  • Filas de negros, en la orilla, trajinaban bajo el látigo descargando, bodega tras bodega, los barcos nunca vacíos, subiendo por pasarelas temblorosas y estrechas, con sus grandes cestos llenos a la cabeza, en equilibrio, entre injurias, como hormigas verticales.
  • Los vivos que extraviamos en las criptas del tiempo duermen tan bien con los muertos, que una misma sombra los confunde ya.
  • Es la edad también que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. Ya no nos queda demasiada música para hacer bailar la vida: ahí está. Toda la juventud ha ido a morir al fin del mundo en el silencio de la verdad. ¿Y adónde ir, fuera, decidme, cuando no llevas contigo la suma suficiente de delirio? La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar.
  • Filosofar no es sino otra forma de tener miedo y no conduce sino a simulacros cobardes.
  • Eso es el exilio, el extranjero, esa inexorable observación de la existencia, tal como es de verdad, durante esas largas horas lúcidas, excepcionales, en la trama del tiempo humano, en que las costumbres del país precedente te abandonan, sin que las otras, las nuevas, te hayan embrutecido aún lo suficiente.
  • Ella era rica, me confió, y se moría por poder dedicarse a un niño, pero no lo conseguía. Había leído todas las obras de puericultura y sobre todo las que se ponen líricas hasta el pasmo al hablar de las maternidades, libros que, si los asimilas del todo, te quitan las ganas de copular, para siempre. Toda virtud tiene su literatura inmunda.
  • Y, además, por todos lados y por encima, hasta el cielo, un estruendo múltiple y sordo de torrentes de aparatos, duro, la obstinación de las máquinas girando, rodando, gimiendo, siempre a punto de romperse y sin romperse nunca.
  • Parecían menos inquietos que nosotros, los de la jornada diurna. Tal vez porque habían llegado, ellos, al nivel más bajo de los hombres y las cosas.
  • La edad la había cubierto, como a un árbol viejo y tembloroso, de ramas alegres.
  • Pero, ¿qué decirle, a fin de cuentas, que no sepa usted ya? Entre tantas teorías vacilantes, experiencias indiscutibles, ¡lo racional sería, en el fondo, no elegir! Conque haga lo que pueda, ¡ande, colega! Ya que debe usted hacer algo, ¡haga lo que pueda!
  • Me parecía haber llegado al momento, a la edad tal vez, en que sabes perfectamente lo que pierdes cada hora que pasa. Pero aún no has adquirido la sabiduría necesaria para parte en seco en el camino del tiempo., pero es que, si te detuvieras, no sabrías qué hacer tampoco, sin esa locura por avanzar que te embarga y que admiras durante toda la juventud. Ya te sientes menos orgulloso, de tu juventud, aún no te atreves a reconocerlo en público, que acaso no sea sino eso, tu juventud, el entusiasmo por envejecer.
  • Descubres en tu ridículo pasado tanta ridiculez, engaño y credulidad, que desearías acaso dejar de ser joven al instante, esperar a que se aparte, la juventud, esperar a que te adelante, verla irse, alejarse, contemplar toda tu vanidad, llevarte la mano a tu vacío, verla pasar de nuevo ante ti, y después marcharte tú, estar seguro de que se ha ido de una vez, tu juventud, y, tranquilo entonces, por tu parte, volver a pasar muy despacio al otro lado del Tiempo para ver, de verdad, cómo son la gente y las cosas.
  • Las ideas también acaban teniendo su domingo, te sientes más atontado aún que de costumbre. Estás ahí, vacío.
  • Como todos los pensamientos conducen a la muerte, llegaría un momento en que sólo la vería a ésa, en su cine.
  • Justo al lado del hotelito de los Henrouille funcionaba ahora una pequeña fábrica con un gran motor dentro. Hacía temblar el hotelito de la mañana a la noche. Y otras fábricas, un poco más allá, que martilleaban sin cesar, cosas y más cosas, hasta de noche.
  • Como la vida no es sino un delirio atestado de mentiras, cuanto más lejos estás más mentiras puedes añadir y más contento estás entonces, es lógico y normal. La verdad no hay quien la trague.
  • Por ejemplo, ahora es fácil contar cosas sobre Jesucristo. ¿Es que iba al retrete delante de todo el mundo, Jesucristo? Se me ocurre que no le habría durado demasiado el cuento, si hubiera hecho caca en público. Muy poca presencia, ésa es la cosa, sobre todo para el amor.
  • En unos meses cambia una habitación, aun sin mover nada de su sitio. Por viejas que sean las cosas, por gastadas que estén, encuentran aún, no se sabe cómo, fuerzas para envejecer. Todo había cambiado ya a nuestro alrededor. No los objetos de lugar, claro está, sino las cosas mismas, en profundidad. Son otras, las cosa, cuando las vuelves a ver; tienen, parece, más fuerza para penetraren nuestro interior con mayor tristeza, con mayor profundidad aún, con mayor suavidad que antes, fundirse en esa especie de muerte que se forma en nosotros despacio, con delicadeza, día tras días, cobardemente, ante la cual cada día nos acostumbramos a defendernos un poco menos que la víspera. De una vez para otra, la vemos ablandarse, arrugarse en nosotros mismos, la vida, y las personas y las cosas con ella, que habíamos dejado triviales, preciosas, temibles a veces. El miedo a acabar ha marcado todo eso con sus arrugas mientras corríamos por la ciudad tras el placer o el pan.
  • Te abruma el tema de tu vida entera, cuando vives solo. Te agobia. Para quitártelo de encima un poco, intentas pringar con él un poco a toda la gente que viene a verte y eso les fastidia. Estar solo es arrastrarte a la muerte.
  • Si viviéramos el tiempo suficiente, no sabríamos ya adónde ir para buscar de nuevo la felicidad.
  • temes sobre todo morir mientras vacilas, porque entonces habrías venido a la tierra para nada. De lo malo lo peor.
  • La gran fatiga de la existencia tal vez no sea, en una palabra, sino ese enorme esfuerzo que realizamos para seguir siendo veinte años, cuarenta, más aún, razonables, para no ser simple, profundamente nosotros mismos, es decir, inmundos, atroces, absurdos. La pesadilla de tener que presentar siempre como un ideal universal, superhombre de la mañana a la noche, subhombre claudicante que nos dieron.
  • ¡Ah, nos aburríamos, al parecer, en el consciente! ¡Ya no nos aburriremos más! Empezamos a darnos por culo, para variar… Y entonces nos pusimos alinstante a sentir las «impresiones» y las «intuiciones»… ¡Como mujeres!
  • De nada sirve decir ni pretender, el mundo nos abandona mucho antes de que nos vayamos para siempre.
  • Las cosas que más te interesan, un buen día decides comentarlas cada vez menos, y con esfuerzo, cuando no queda más remedio. Estás pero que muy harto de oírte hablar siempre… Abrevias… Renuncias… Llevas más de treinta años hablando… Ya no te importa tener razón. Te abandona hasta el deseo de conservar siquiera el huequecito que te habías reservado entre los placeres… Sientes hastío… En adelante te basta con jalar un poco, tener un poco de calorcito y dormir lo más posible por el camino de la nada. Para recuperar el interés habría que descubrir nuevas muecas que hacer delante de los demás… Pero ya no tienes fuerzas para cambiar de repertorio. Farfullas. Buscas aún trucos y excusas para quedarte ahí, con los amiguetes, pero la muerte está ahí también, hedionda, a tu lado, todo el tiempo ahora y menos misteriosa que una partida de brisca. Sólo conservas, preciosas, las pequeñas penas, la de no haber encontrado tiempo para ir a Bois-Colombes a ver, mientras aún vivía, a tu anciano tío, cuya cancioncilla se extinguió para siempre una noche de febrero. Eso es todo lo que has conservado de la vida. Esa pequeña pena tan atroz, el resto lo has vomitado más o menos a lo largo del camino, con muchos esfuerzos y penas. Ya no eres sino un viejo reverbero de recuerdos en la esquina de una calle por la que ya no pasa casi nadie.
  • No había logrado hacerme una sola idea de ella bien sólida, como la que se le había ocurrido a él para que le dieran para el pelo. Una idea más grande aún que mi gran cabeza, más grande que todo el miedo que llevaba dentro, una idea hermosa, magnífica y muy cómoda para morir… ¿Cuántas vidas me harían falta a mí para hacerme una idea así más fuerte que todo en el mundo? ¡Imposible decirlo! ¡Era un fracaso! Mis ideas vagabundeaban más bien en mi cabeza con mucho espacio entre medias, eran como humildes velitas trémulas que se pasaban la vida encendiéndose y apagándose en medio de un invierno abominable y muy horrible.

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About Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado (Málaga, 1983), es analista y consultor político. Actualmente es asesor político y redactor de discursos de la Ministra de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación de España, Arancha González Laya. Es ensayista, autor de El final de la aventura (La Caja Books, 2020), editor y ocasional traductor. Junto al jurista Antonio Garrigues Walker ha publicado Manual para vivir en la era de la incertidumbre (Deusto, 2019, 5 ediciones) y Sobrevivir para contarla. Una mirada personal a la pandemia y al mundo que nos deja (Deusto, 2020). Ha sido asesor político y escritor de discursos del presidente Pedro Sánchez durante su primer Gobierno. También ha sido asesor en el Gabinete del presidente del Senado de España para el filósofo y presidente de la Cámara Alta Manuel Cruz. Ha sido analista jefe del servicio de riesgo-país de la consultora internacional LLORENTE & CUENCA (LLYC), además de consultor en América Latina, región en la que ha vivido intermitentemente los últimos años. Fue Business Intelligence Manager de la consultora The Search Group, en su sede central en Belgrado (Serbia). Es crítico de libros de no ficción de El Cultural del diario El Mundo, donde también escribe como analista de política internacional. Ha colaborado o colabora con regularidad en El Confidencial, The Objective, El Cultural y El Asombrario. Es también editor externo en el Grupo Planeta y redactor de informes literarios en la editorial Acantilado. Ha traducido, entre otros, a Francis Fukuyama, Jonathan Haidt, Bob Woodward, al marqués de Sade, William Kotzwinkle, H.D. Thoreau o Norman Mailer, cuyo libro ‘Miami y el sitio de Chicago’, prologó. Ha prologado la más reciente edición de ‘Viaje a la aldea del crimen’, de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Antes de eso, fue librero y se licenció en Economía.

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