Quedan apenas dos días para que llegue abril, el mes del que TS Eliot desconfiaba «pues engendra / lilas en el campo muerto, confunde / memoria y deseo, revive / yertas raíces con lluvia de primavera». Acaban de pasar las siete y media de la mañana. Miro el mar y comprendo el lugar común de la «calma tensa». Lo entiendo por oposición: el agua transmite una paz genuina e hipnótica con rompeolas de juguete, como de la ciudad dos pequenitos de Coimbra a la que mis padres nos llevaron a mis hermanos y a mí siendo eso, un pequenitos. No hay un antes ni un después de ninguna tormenta. Me pregunto por la generosa función pedagógica de esa cidade portuguesa en miniatura, como si fuera un recinto para mostrar gradualmente la fealdad del mundo pero también su embriagante y frecuente belleza.

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