Hay una desproporción máxima entre el mito de la carretera y su realidad. Una cosa es leer a Kerouac cruzando en coche de una costa a otra de Estados Unidos, y otra muy distinta ponerse a ello: es la distancia que va de la imaginación a los hechos. Uno se imagina cruzando La Mancha en coche de camino al sur y cree verse parecido a Travis, en Paris-Texas, con su camioneta buscando la redención y un nuevo comienzo. Pero, apenas ha llegado a Puerto Lápice, ya está lamentando su suerte, y preguntándose que qué necesidad había. Primero, de tragarse el atasco de salida, y, después, el aburrimiento del trayecto. ¿No era mejor irse en AVE? ¿No era mejor no ir? Después uno se alegra, pero porque le compensa el sacrificio, no porque este sea parte del disfrute.