Hay bastante de categoría en el anecdotario que nos está dejando Boris Johnson, el primer ministro británico, en las últimas semanas. Sus fiestas o encuentros privados durante los días de confinamiento más duro de 2020, así como algunos escándalos crematísticos, como la polémica reforma de su apartamento personal en Downing Street, han minado su autoridad, tanto en el Partido Conservador y su grupo parlamentario, como entre parte del electorado que le era fiel. Que una circunscripción como la de North Shropshire, que era conservadora desde mediados del siglo XIX, haya pasado de forma contundente a manos de los Liberal-Demócratas da una idea del estado de ánimo de un Reino Unido que parece haber dicho basta, no tanto al fondo de las políticas –Brexit incluido–, como a las formas de quien las encabeza. La frivolidad quizá sea tolerable en tiempos boyantes y estables, pero no en medio del resurgir de la pandemia con la variante ómicron, con todas las dudas y miedos que genera por su posible contagio, también, a la economía y el bolsillo.