Hace unos días, en Madrid, me senté a tomar un café junto al Corte Inglés de calle Preciados. Iba camino de la plaza de Santa Ana desde Tribunal, y me costaba encontrar unas mesas en la calle donde leer un poco aprovechando la luz y la temperatura casi veraniega. Si terminé por sentarme allí fue por resignación. Sencillamente, no iba a encontrar una terraza sin unas sillas y mesas de aluminio ligero con un luminoso estrambótico y una barra con los pies llenos de servilletas malas –de esas que extienden el aceite malo por la cara– hechas un gurruño. En una calle con una suciedad impropia de una capital de un país moderno que no he visto en los centros históricos de Buenos Aires, Bogotá o México DF, donde he vivido los últimos años.

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