Hace unos días, en una sobremesa en la que se hablaba del cambio de nombre de algunas calles de Madrid, volví a escuchar el conocido mantra contra la Ley de la Memoria Histórica que dice que “abrir las fosas comunes es reabrir heridas innecesariamente”. En este sintagma hay un supuesto falso que lo invalida, porque se da a entender que todo el que tiene un familiar en una fosa común sin identificar tiene alguna herida cerrada. Pero, sobre todo, hay contra esta sentencia un argumento moral que sólo mientras hubo amenazas de golpismo en España estuvo justificado esconder: un Estado democrático, desarrollado y digno no tiene muertos en las cunetas reclamados por sus familiares dolientes.