Sucede con la vivienda algo parecido a lo que pasa con el voto exterior. Durante años se ha alimentado la idea de concebir el mundo como nuestro territorio de operaciones, de aprender idiomas y habilidades para trascender las fronteras, pero, apenas se cruza la primera aduana, se pierde de facto un derecho tan básico como el de participar en elecciones por las dificultades que implica el llamado ‘voto rogado’ –el nombre ya daba algunas pistas–. Cualquier proyecto vital se sostiene sobre cuatro o cinco cosas muy esenciales, entre ellas, la vivienda. Cuando uno se forma y consigue un empleo, cree estar encaminado a conseguir poner en marcha el suyo hasta que se topa con la primera aduana inmobiliaria: superada la burbuja inmobiliaria, para comprar habrá de anticiparse el 20% del precio de venta, algo inalcanzable para quien no tiene unos padres con ahorros o propiedades. Una realidad que aboca a un alquiler que ya no es opcional, y cuya obligatoriedad impulsa al alza un precio desorbitado en relación con los salarios.