De la, por el momento, fallida Superliga impulsada por Florentino Pérez y el Real Madrid y otros grandes clubes europeos, se ha dicho ya casi todo. A favor, pero, sobre todo, en contra: se trataría de otra muestra de escisión de las élites de la que tanto se hablado en los últimos años, o un capítulo nuevo de la vieja historia que nos dice que quien tiene el dinero –o el escatérgoris– pone las reglas. Hay razón en todos los diagnósticos, aunque no carecen de argumentos aquellos que matizan que la espectacularización del fútbol y otros deportes, así como el dominio del dinero en las distintas competiciones, no son nada nuevo: ahí está Piqué tuiteando con una mano que el fútbol es de los fans y con la otra organizando torneos de tenis elitistas al margen de la organización profesional del gremio. Quizá sea esto, precisamente, lo que llevó a los impulsores de la Superliga a un razonamiento alejado del momento histórico preciso, aunque en consonancia con la deriva del fútbol de las últimas décadas: la decisión que vamos a tomar es otra más de un camino que llevaba hasta aquí y ante el que no habíamos recibido demasiadas quejas, ¿cuál es la sorpresa?