Nunca me ha interesado la cocina, ni la cultura culinaria más allá de algunas nociones sobre aceite de oliva, pasta y pescado mediterráneo. Sí comer bien, pero en gustos siempre fui algo más que conservador: reaccionario. Entre un plato con alguna innovación y un filete empanado con patatas, sin dudarlo elegía lo segundo. Y entre un vino añejo al que mi padre estuviera cantando alabanzas y una cerveza Victoria bien fría y bien tirada, sin pestañear lo segundo. Soy poco –y cada día menos– sofisticado en el comer y el beber. Si por sofisticado entendemos el gusto por platos sofisticados. Porque exigente sí lo soy con aquellas comidas que me gustan.