Albert Speer, arquitecto de Hitler y ministro de Armamento en los últimos años del Tercer Reich, contaba en sus memorias que uno de los elementos esenciales que tenía en cuenta al diseñar una construcción era el aspecto que tendría cuando fuera una ruina. Bien por causa de bombardeos de una guerra que sabía inevitable, bien por el paso del tiempo. Una precaución que muestra bien la relación milenarista y patológica que los nazis tenían con la historia y el tiempo. Buscaba un continuum que diera sentido a cada cosa erigida por ellos. Que quien viera en el futuro una deslustrada y medio derruida Cancillería fuera capaz de percibir, incluso en este estado de ruina, su significado y su sentido trascendentes.