Pese a los altibajos reales y emocionales que todo proceso de paz vive, un año después del acuerdo firmado por el Gobierno colombiano y las FARC, se puede decir sin miedo al escrache tuitero que Colombia ha cosechado un éxito por el que pocos apostaban hace pocos años. A la extrema complejidad del asunto se unían las circunstancias de un país dividido en relación a los beneficios a los que podrían acogerse los guerrilleros desmovilizados, la existencia de otra guerrilla fuerte (el ELN, ahora en negociaciones de paz con el Gobierno), la fortaleza de las poderosas bandas criminales o BACRIM herederas del paramilitarismo que han aumentado su influencia y sus cultivos ilícitos en el escenario del post-conflicto, así como una oposición política muy fuerte (el uribismo) contraria a las concesiones esenciales del Gobierno.