Hace unos días se cumplió un año desde la toma del Capitolio en Washington por una turba de partidarios de Donald Trump, quien los había arengado para la ocasión. No solo en aquel día, con un discurso incendiario que cuesta creer que no sea constitutivo de ningún ilícito penal, vistas las consecuencias posteriores. También, y sobre todo, durante las semanas y meses previos, cuando el todavía presidente insistía en que ganaría, pero que si perdía sería por fraude masivo de mano de los demócratas. Una tesis que mantiene hasta hoy y en la que se percibe una deprimente dependencia patológica de un carácter entre infantil y competitivo que parece, en sí, una caricatura de los peores rasgos de la cultura del país que lo entronizó. A este respecto, es ilustrativo el documental sobre el personaje disponible en Netflix, que visto con la tramposa ventaja de la retrospectiva muestra bien todos los excesos y costumbres de Trump: ahí está el hijo, el empresario o el amante que nunca acepta un no, y que es capaz de casi cualquier cosa para imponerse.