Al leer sobre historia antigua y paleohistoria, es habitual encontrar referencias a cómo los gestos más rutinarios o más íntimos de nuestros ascendentes tienen la capacidad de iluminar desde el presente zonas oscuras de nuestro pasado más remoto. Así, Ötzi, la momia de 5.000 años encontrada en buen estado de conservación en el hielo en 1991, nos informó sin pretenderlo de la dieta habitual entonces –pues se encontraron alimentos en su estómago igual de bien conservados–, la misma que explica alguna de nuestras características hoy, o de la existencia de la violencia en un estadio en el que se creía menos frecuente, con todo lo que ello nos dice desde un punto de vista evolutivo y antropológico. De la misma forma, las pinturas rupestres que se siguen encontrando y datando refinan los diagnósticos sobre cuándo comenzamos a sentir la necesidad de replicar o de expresar lo que veíamos o lo que sentíamos. Seguramente, esa acción de dibujar un bisonte o un caballo salvaje en la pared de una cueva era lo que un homo sapiens de hace 45.000 años consideraba menos apremiante en su vida de necesidades e instintos urgentes, y sin embargo es lo que más ha trascendido y lo que todavía nos sigue conectando a través del paso de siglos y milenios.