Ayer parecimos franceses. Nuestros vecinos son expertos en la liturgia del Estado. Organizan con mucha frecuencia actos públicos donde prima la sobriedad, en los que la emoción contenida se canaliza en un respeto grave, casi palpable. De repente, conceptos y palabras como democracia, Estado, dignidad o libertad cristalizan en imágenes. Ayer supimos hacerlo tan bien como ellos y será difícil olvidar la fotografía de tres representantes de una democracia observando digna y respetuosamente cómo los familiares de un dictador que han opuesto todos sus derechos a la exhumación acompañaban los restos de su abuelo o bisabuelo. Una imagen, la de la superioridad del Estado y de la democracia, que nos hace mejores y que ojalá no sea la última. Los franceses tienen claro el valor de la liturgia y de lo simbólico en la salud de la democracia y saben hacerlo, además, huyendo del nacionalismo, como se ve en la facilidad con la que combinan sus banderas y escudos con los de Europa y su construcción política.