Si fuera verdad que los dirigentes políticos han de atender las demandas de los ciudadanos, sin más, hoy deberíamos estar recordando con agradecimiento a Nevile Chamberlain por haber firmado los Acuerdos de Múnich con Hitler en 1938, y no celebrando a Churchill, que fue a la guerra contra el nazismo. Traumatizada por el recuerdo de la Primera Guerra Mundial, la sociedad británica quería los pactos de 1938 y respiró aliviada cuando su primer ministro les anunció “la paz para nuestro tiempo”. Chamberlain justificó en la demanda social su firma: “son un símbolo del deseo de nuestros dos pueblos de no ir a la guerra uno contra otro nunca más”. El pueblo, en su anhelo comprensible, y debido a su capacidad limitada de análisis de una realidad convulsa, se equivocó. No todas las demandas políticas, por el hecho de serlo, deben ser atendidas.

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