Todo final lleva aparejada su melancolía. También el final del año. El mismo nombre –Nochevieja– tiene un aire otoñal que nos reserva a nosotros el papel de hoja caduca. Sucede que, al no haber un interregno entre un año y otro, enseguida se impone la lógica del comienzo del nuevo, en este caso 2022. Pero la melancolía se arrastra unas semanas antes, desde que los ayuntamientos empiezan a sobreactuar con las luces navideñas y los miembros más previsores de la familia preguntan por las listas de regalos –a veces, incluso, cuando aún nos damos los últimos baños en septiembre–. Su precipitación nos irrita porque, aunque la intención sea realzar los espacios, lo que hace es comprimirnos el tiempo recordándonos su paso inexorable. Otro año más, cuando todavía tenemos el recuerdo de las fiestas pasadas y sentimos que apenas hemos dejado atrás el verano. Quien llega, ha vencido una batalla, pero los oropeles y las ceremonias nos recuerdan, más bien, que no hay victoria posible.