Los liderazgos –no solo políticos pero sí sobre todo– viven tiempos paradójicos: la retórica social pide horizontalidad, pero la realidad electoral premia la verticalidad y el personalismo. No estamos ya tanto ante países con tradiciones socialdemócratas, liberales, conservadoras o reaccionarias como ante los gobiernos jerárquicos de Merkel, Trudeau, Macron o de Xi, de los regímenes de Putin, Erdogan, Trump u Orban. Vivimos en red, sí, pero en una donde todo conduce a un centro, al estilo de la red ferroviaria española, y no tanto ante la red de nódulos en panal en la que nos gusta imaginarnos.

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