Vivimos rodeados de hombres fuertes, providenciales, prestos a actuar “sin complejos” en nuestro nombre, a mancharse las manos por nosotros para dejarnos la conciencia tranquila, esa que nos impide hablar de los inmigrantes como “carne humana” (Salvini dixit) y de proclamar la verdad indiscutible de que “no pueden entrar los millones de africanos” que están a las puertas, “aunque sea políticamente incorrecto decirlo”. Esa es la autojustificación de los que defienden o votan a un Orban o a un Le Pen. O de los que parece que están invocando que aparezca uno en España.