El debate que ha generado la polémica en torno a las macrogranjas revela uno de los tajos por los que corremos el riesgo de despeñarnos en un momento de transformaciones profundas, como es el caso de la transición ecológica. Inconveniencias aparte de la torpeza de Alberto Garzón de plantear el debate en uno de los medios más leídos de uno de los principales mercados de los productos españoles, su denuncia no carece de sentido y razones técnicas, pero sí está fuera de la lógica del poder y la economía, a la que no puede ser ajeno ningún ministro. Pero haríamos mal en considerar toda la polvareda levantada como un ruido interesado de la oposición –que también, como por otro lado es previsible en una democracia–, y no como un asunto de fondo que atañe a la sociedad en su conjunto. De fondo, late la vieja pregunta sobre las causas del malestar: ¿es material o cultural?