Un hipocondriaco percibe los síntomas ajenos en el cuerpo propio, incluso aunque solo haya empezado a experimentarlos al tener conocimiento de ellos por algún testimonio, o leyendo el prospecto de alguna medicina. La observación genera el síntoma, o lo amplifica artificialmente. Algo parecido sucede con los fenómenos colectivos ajenos, que se nos presentan como la anticipación de lo que estará por llegarnos a nosotros tarde o temprano. Es comprensible dadas las dificultades de vivir en la incertidumbre. Ante esa realidad, parecemos preferir un vaticinio poco venturoso a no disponer de ninguno. Al menos, uno puede ir haciendo planes ante la potencial desgracia, y por eso las analogías están tan arraigadas: traducen la imposibilidad de saber en escenarios más o menos probables que nos sitúa en el mapa del futuro.