Una vieja costumbre –y un antiguo cliché– llevó a muchos escritores y aspirantes a escritores a las grandes ciudades, donde pasaban penurias, alternando trabajos malos, hasta que conseguían destacar, el que lo conseguía. La literatura ha sido, en gran medida, inesperable de las grandes ciudades y su mundo. Frente a ellos, han existido los escritores que permanecían en su terruño y desde el que levantaban una cosmovisión que, aunque traspasaba los límites de su provincia, solía quedar opacada frente al protagonismo de los primeros.