Pocos personajes como Manuel Azaña (Alcalá de Henares, 1880 – Montauban, Francia, 1940), presidente de la Segunda República durante la Guerra Civil, sufrieron tanto la inquina y el rencor de la posguerra y el franquismo. En su figura se concentraron durante décadas todos los males que habrían hecho decaer a España. Además, para parte de la izquierda fue siempre un burgués contrario a los cambios profundos que España necesitaba, e incluso un represor de levantamientos como el anarquista de Casas Viejas del año 1933. Poco antes de morir en Montauban, Azaña resumiría el juicio que le acompañaría durante décadas: “He tratado de gobernar mi país con razones y con votos y me han respondido con calumnias y fusiles!”.