Todos somos turistas, pero nos gusta imaginarnos como viajeros, una palabra que remite más a Paul Theroux o Bruce Chatwin que al palo de selfie, al autobús descapotado o a las chanclas con calcetines. Nos quejamos de la saturación de Madrid, Barcelona, la Costa del Sol o Venecia sin pararnos a pensar que estamos contribuyendo a ella. Incluso formando parte de la masa más objetivable, buscamos alguna diferencia entre nosotros y el resto. Por eso, todos los libros de viaje honestos tienen un punto de vista complejo, incluso torturado y paradójico. Viajar como lo hacemos no es sostenible, ni medioambiental ni socialmente, pero seguimos necesitando la belleza, reconocernos en un pasado y tener a mano nuevas promesas. Todo eso lo condensa el viaje, y quizá es la razón de que sigamos aguantando colas a las puertas de los museos y asientos cada vez más estrechos e incómodos en los aviones.