Pocos días después de que me instalara en Bogotá, la revista Semana publicó una portada en la que aparecía Hugo Chávez anunciando que estaba enfermo, acompañada de la macabra pregunta de si el cáncer podría lo que no consiguieron sus enemigos. Poco tiempo después, huyendo del tráfico imposible del centro, me mudé a un apartamento en el Norte, zona pudiente, ‘estrato 5’ en la nomenclatura colombiana. Ocurría algo curioso con algunos vecinos: si entraba al ascensor con ropa deslustrada o chándal, no me devolvían el saludo, pero estos mismos vecinos se volvían reverenciales cuando entraba en mangas de camisa o traje. A mi adorable asistenta ni la miraban a la cara, y sólo empezó a subir en ascensor al sexto cuando yo la obligué.