Hay muchas cosas capaces de unir un país. Aunque la mayoría de ellas suelen ser providenciales: un líder mesiánico, una agresión exterior que nos hiere el orgullo nacional, una peleadísima e improbable victoria en una final olímpica (que, además, es cada cuatro años), un proyecto de transición a la democracia, e incluso un golpe de Estado, casi siempre por rechazo al mismo, aunque no siempre. Pero no se agobie, porque hay formas de tomar atajos. Han sido muchos años de experiencia.

¿Quiere ser el nuevo Bismarck, el nieto político de Garibaldi? ¿Digno heredero de mi astucia? No se embarque en guerras de unificación ni en campañas exteriores. Qué pereza. Son caras, y además hoy tendría usted la probable reprimenda de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que, por más que luego algún aliado de toda la vida le salve con su veto en el Consejo de Seguridad de alguna resolución condenatoria, siempre deja mácula, oiga, y uno no vuelve a ser el mismo cuando le quitan la visa para viajar por Europa. ¡Incluso le imponen un embargo de armas! Como si la misma historia de la civilización no sirviera ya de nada. ¿Acaso creen que hemos hecho los Estados-nación jugando al Monopoly en Versalles? Yo tampoco los entiendo, pero así funcionan las cosas ahora. Esto con Kissinger