Me aficioné a leer cómics pasados los 30. Se supone que es un hábito de infancia que se mantiene y crece en la madurez, pero en mi caso no fue así. Hace pocos años, una crisis profesional que se transformó en una bomba de racimo personal, familiar y sentimental me hizo imposible mantener la concentración en mis lecturas habituales. Sin embargo, la necesidad del hábito rutinario seguía ahí. Ir a librerías, buscar algo en los estantes de mi casa o la de mis amigos. Escogía un libro, lo abría y los párrafos eran losas, ladrillos sin encalar que se me caían encima. Empezaba a leer y no recordaba, retrocedía en la lectura, volvía a intentarlo, y nada.