El fenómeno de las series ha conocido un subgénero especialmente feliz en los últimos años: el de las de temática política. Si, como se dice, hay desencanto y desinterés hacia la política y las instituciones, no es lo que refleja el atractivo que estas producciones despiertan y el debate que generan en redes. Es cierto que suele predominar la visión cínica del poder, muchas veces caricaturizado como coto exclusivo de gente sin escrúpulos, pero es innegable que el teatro de la política genera una fascinación que se resiste a morir a manos de otros temas en teoría más atractivos a las generaciones socializadas con pantallas y apps.