Con ayuda de las redes sociales, la concesión del Nobel de Literatura se ha convertido en uno de los nuevos ritos de la época. Como todo acontecimiento que nace antes del ocio que de la urgencia, disfruta de un extenso preludio de tanto valor como el premio en sí, lleno de supuestos rumores emanados desde la Academia sueca, de apuestas sobre distintos candidatos, de comentarios sobre la pertinencia o la justicia de dárselo a tal autor –que, quizá, nos dicen, sea el último año que puede recibirlo– o a tal otro de aquel país –cuya literatura ha estado injustamente olvidada o preterida–. Después está el anuncio en sí, con los comentarios de júbilo o tristeza por parte de un público que está en Twitter como en el gallinero de un teatro decimonónico. O con las mofas habituales alrededor de la figura de Haruki Murakami –el mejor argumento para que no lo gane nunca pero siempre siga siendo candidato–. Y, finalmente, llegará el análisis del autor o la autora premiado, con la prensa llena de perfiles biográficos que nos hablan de una obra imprescindible o más bien lo contrario, y de columnas atravesadas por la pregunta de fondo de si se lo merecía o no, o si se lo merecía más que tal o cual autor. En estas etapas, no faltarán, puntuales, el recuerdo de que Borges no obtuvo el Nobel, el matiz de que Philip Roth también lo merecía y se murió el año pasado, el tuit de quien creerá ser original diciendo que nos las damos de leer autores húngaros desde que nos levantamos, o la execración generalizada de este tipo de galardones.