El caso del espionaje con el programa Pegasus, de la empresa israelí NSO Group, ha generado una controversia que se ha analizado con profusión en los últimos días. Dada la liberalidad con la que parece haberse usado esta herramienta en todo el mundo, es previsible que se continúe hablando de ella en las próximas semanas o meses. Y está bien que así sea, pues si bien es grave el hecho en sí, lo sería todavía más si además, asumiendo el cinismo de los propios fabricantes del programa –«no hombre, no, no sea usted mal pensado, esto es solo para perseguir a malos malísimos»–, renunciáramos a preocuparnos o a fingir indignación. Sabemos que el espionaje existe, pero normalizarlo en nuestras manifestaciones contribuiría a ampliar no ya la impunidad de quienes lo comenten, sino el perímetro de sus acciones. Equilibrios precarios.