Si de mi ánimo viajero actual hubieran dependido los años del así llamado Descubrimiento de América o los de la sed de progreso científico y comercial del XIX, temo que aún usaríamos quinqués, nos moveríamos a vela o en calesa y que la frontera del mundo conocido estaría en Finisterre. Desde que en 2005 me fui a vivir a América Latina, he viajado mucho, por aquella región especialmente, pero también por Europa o el norte de África. Viajar me gustaba, y ahora me gusta, pero sólo en teoría. Desde que volví a España, la pereza que me producen los aeropuertos y las concentraciones me supera, y sólo transijo por exigencia profesional. No es por el prurito antiturístico, porque todos somos turistas. Soy de Málaga, y sé cuánto dependemos de una costumbre que, aunque haya que regular y moderar, es una de las experiencias vitales más ricas para aprender y quitarse adherencias y prejuicios indeseables.