Es peligrosa la nostalgia. Lo estamos viendo estos años, cuando multitud de movimientos políticos exitosos se basan en la recuperación de un pasado idealizado. Proyectos a los que millones de ciudadanos se suman sin reparar en la veracidad de sus fundamentos ni en la bondad de sus promesas. Si la realidad parecía difícil de cambiar en la era de los discursos políticos de la resignación y el futuro estaba demasiado lejos, quedaba a mano el pasado para utilizarlo como manta y refugio.