Bajo el título —con guiños involuntarios a Thomas de Quincey, como comentaremos más adelante— El arte del asesinato político. ¿Quién mató al obispo?, el escritor y periodista estadounidense de origen guatemalteco Francisco Goldman (1954), se esconde una narración sutil, inmejorablemente tejida, con un tempo y un estilo perfectamente dosificados: la claridad del periodismo norteamericano aderezada con la maestría en la construcción del relato de un García Márquez o un Nabokov. ¿De qué habla el libro? No importa, aunque intentaré resumirlo.

En 1998, la Oficina de los Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala presentó un informe sobre las violaciones de los derechos humanos que se habían producido durante la más extensa y cruenta guerra civil del siglo XX americano: la que asoló Guatemala entre 1960 y 1996. A cargo de dicho informe, titulado Guatemala, nunca más, estaba el obispo auxiliar de la archidiócesis de la capital, Juan Gerardi.

El documento sostenía —como hicieron muchos otros procesos y sentencias posteriores— que el Ejército fue responsable de 9 de cada 10 violaciones de los derechos humanos que se habían podido documentar. Ponía nombres y apellidos a los culpables de dichos delitos, que iban desde masacres en pueblos indígenas hasta violaciones en masa. De esto da buena cuenta un libro hoy descatalogado, Guatemala. El silencio del gallo, del periodista español Carlos Santos, en el que cuenta la vida de su tío, sacerdote de los Misioneros del Sagrado Corazón, amenazado de muerte por la dictadura.

Tres días después de la presentación del informe, el obispo Juan Gerardi era asesinado brutalmente en el garaje de la casa parroquial, muy cerca del palacio presidencial. La hipótesis y las acusaciones veladas se sucedieron: fue un asunto de celos en una relación homosexual; la muerte fue causada por los mordiscos del perro de un sacerdote de la misma archidiócesis… Finalmente, esta fue la inverosímil posibilidad que tomó fuerza y se hizo oficial. El sacerdote dio con sus huesos en la cárcel y los de de su artrítico perro en una perrera.

Un grupo de abogados, con el apoyo de algunos sectores de la sociedad civil, desafió esa versión oficial y comenzó una investigación que puso al descubierto la complicidad de la élite del estamento militar y de la clase política para terminar con la vida de alguien que no había sucumbido al terror. Pese a la vuelta formal de la democracia, el país seguía sumido en una atmósfera de miedo que garantizaba la impunidad de los crímenes cometidos y de la corrupción endémica.

Francisco Goldman cubrió para The New Yorker la investigación y el proceso judicial que, por primera vez, terminó en condena para altos mandos militares que habían violado derechos humanos durante la guerra. Fue cuestión, como muestra Goldman, del empeño valiente de un pequeño grupo de personas. Quién sabe cuánto se le debe a esta avanzadilla que desde entonces las condenas a los altos mandos se hayan sucedido (aun con indultos o anulaciones posteriores vergonzosos) e incluso alcanzaran al general Efrain Rios-Montt, que ocupó la presidencia entre 1982 y 1983, juzgado después por genocidio.

Al tiempo que avanzaba el proceso judicial, Goldman armó su propia investigación, formuló hipótesis, las investigó, preguntó, contrastó sus argumentos con la realidad, y nos lo narró con una claridad y una habilidad geniales en El arte del asesinato político. Comienza poniendo el foco en el lugar del crimen, en ese garaje junto a la plaza en la que se asienta el palacio presidencial, así como el servicio secreto presidencial y otras instituciones importantes. Poco a poco, a través de los testigos —vagabundos alcohólicos que duermen en la zona—, el autor llega a la misma conclusión que defiende el fiscal durante el proceso: la guardia presidencial era la responsable de la muerte del obispo, y contó con la pasividad cómplice de los dirigentes del poder civil y el apoyo logístico de unos vagabundos que resultaron ser informadores de la mencionada guardia presidencial.

Es interesante la polémica que el autor inicia al contradecir por –en su opinión– débil la hipótesis que la periodista española Maite Rico sostuvo junto a Bertrand de la Grange en el libro que ambos dedicaron al asunto, El arte del asesinato político. Autopsia de un crimen político (Planeta, 2005). Mismo título y conclusiones radicalmente opuestas. Por eso el nombre del libro de Goldman, aunque nos recuerde al clásico de Thomas de Quincey, no es sino un intento de llamar la atención y contestar este libro —también muy bien escrito y de lectura absorbente—, que da verosimilitud a la tesis del perro artrítico asesino. Impagable es el retrato y el relato que Goldman hace del forense que se encargó de la autopsia; un médico español excéntrico que le parece turbio y al que visita en su laboratorio de la universidad, en Madrid. El libro de Rico y De La Grange llevó a Mario Vargas Llosa a escribir una ‘Piedra de toque’ en El País elogiando su trabajo, pues quiso ver en la tesis que allí se sostenía que no siempre el Ejército era culpable, y que la izquierda revolucionaria también tenía responsabilidad, incluso la principal, en el drama de la guerra civil guatemalteca. Que tenía responsabilidad no parecía ponerlo nadie en discusión, ni siquiera el informe presentado por Gerardi, y tampoco el libro de Goldman.

Como era de esperar, el autor recibió continuas amenazas de muerte durante la cobertura del proceso judicial. Además, su mujer, la escritora mexicana Aura Estrada, murió en un accidente en esos años, desolación que relató en su memorable Di su nombre (Sexto Piso, 2013). Es difícil imaginar unas circunstancias peores para escribir este libro, que debería ser obligado para estudiantes de periodismo y literatura, por la calidad de la información, la exhaustividad de los conocimientos, la profundidad de la investigación y por su arquitectura narrativa. Una obra maestra.

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