Cada generación cree que su época, la que coincide con su biografía, es especialmente relevante. Es casi un rasgo de salud antropológica, porque pensarlo de otra forma dificulta la asimilación de los costes y el dolor que toda vida conoce, transcurra esta en tiempos de paz o en tiempos de guerra. Ante los sinsabores y la ocasional grisura del día a día, necesitamos estos trampantojos, sutiles autoengaños, para seguir adelante con nuestros proyectos individuales y colectivos. De ahí la nostalgia política de las generaciones más veteranas –el proyecto que legaron–, o el ánimo generalmente más rebelde de las más jóvenes –el proyecto que legarán–, dos caras de una misma moneda que nos remiten a nuestro papel en el mundo.