Suelo comentar a mis amigos que soy cada día más kantiano. No solo, o ni siquiera, por afinidad con el pensamiento del filósofo de Konigsberg como por mi aversión cada vez mayor a viajar. Durante años lo hice mucho, he vivido en seis países en diez años, pero ahora –y quizá precisamente por eso– se me hace tedioso todo: mentalizarme, solucionar la logística del alojamiento, ir a la estación o al aeropuerto, pasar los controles de seguridad (no los rechazo, al contrario, los agradezco), y por supuesto lidiar con la globalización del incivismo que ha supuesto la cultura del viaje como “experiencia inolvidable”. El turista hace con demasiada frecuencia un paréntesis en sus normas de conducta, algo simbólico que a veces se ve apenas se factura la maleta. Lo vemos especialmente quienes tenemos la suerte de vivir en zonas turísticas. Todos hemos caído en esas actitudes, pero tengan claro que si alguna vez creen verme en un crucero sólo hay dos opciones: o no soy yo, o estoy secuestrado. Con todos mis respetos a los que los aprecian, sé que no son lo mío. Hay cosas que no es necesario experimentar para saberlo.