Tendemos a hacernos una idea del Infierno en términos espaciales: el inframundo oscuro, por oposición a unas Alturas reconfortantes. Sin embargo, para mí siempre ha estado configurado en el eje temporal. Cuando llega el verano, desciendo sin buscarlo a una sima demoníaca donde me rodean vociferantes multitudes destetadas y enrojecidas por un clima al que no están acostumbrados; coches con las lunas bajadas atronando la canción de moda, ante el que uno quisiera poder confesar sus pecados y librarse del tormento. Los bares que frecuento el resto del año me castigan con subidas de precios y largas esperas entre cervezas o cafés; los supermercados me reciben con extensas colas ante unas cajas en las que bañistas aún con arena, a veces sin camiseta, actúan como si les amparara un decreto de felicidad obligada para todo el que acuda o viva en la ciudad.