De los efectos de la tecnología en la forma en que producimos y consumimos información se ha dicho ya casi todo. Palabras y conceptos como «inmediatez», «aceleración», «alertas», «clickbait» dibujan un ecosistema en el que las redes sociales y las apps de nuestros teléfonos inteligentes nos traen no solo información al instante, sino también bulos, noticias falsas o insustanciales que nos atrapan en un presente continuo del que es difícil escapar. El déficit de atención es una consecuencia lógica de dicho contexto. Quien sucumbe al timbre del WhatsApp mientras lee un libro de su agrado, ve una buena película o mantiene una conversación interesante, ya ha devaluado su disfrute. Seguramente, por un mero «jaja» o algún meme gracioso que habría podido esperar unas horas. Diría que hay consenso sobre el carácter problemático de esta relación de suma cero.