A última hora de la tarde, cuando ya pienso que puedo decir sin sonrojo que he tenido un “día duro de trabajo”, salgo a caminar y a comprar unas latas de cerveza en el colmado del barrio. Y siempre la veo a ella, sentada en el mismo banco, incluso cuando retraso o adelanto mi paseo para no encontrármela. Mi yo poético diría que es como si me esperase; pero mi yo prosaico sabe que no se aleja de esa plaza. Es de mediana edad y siempre viste ropas elegantes. Lleva el rostro excesiva y torpemente maquillado. Es fina y coqueta como una joven de un relato de Chejov, y como buen personaje chejoviano, a la dama siempre le acompaña su perrito y alguna que otra amiga.