Del prólogo de Ignacio Peyró:

  • Es común entre nosotros manifestar una nostalgia por las artes de la oratoria, por la dicción bien pulida, por esa capacidad de persuasión –de seducción- que tiene la palabra pulsada a la medida de nuestra inteligencia y nuestros afectos.
  • frente al meme, cómo no echar de menos la manifestación sofisticada, matizada, del pensamiento, que representa el discurso. Algo que, en sus herramientas más básicas, no ha cambiado desde tiempos de Cicerón porque las interioridades del ser humano, los resortes de la indignación y el entusiasmo, tampoco han cambiado desde entonces.

De los discursos de Kipling:

  • el abismo que separa al más insignificante de aquellos que hacen cosas que son dignas de ser escritas, del mejor de aquellos que han escrito cosas que son dignas de ser comentadas.
  • estaba aquejado –esa es la palabra- de la magia de la palabra exacta.
  • La magia de la literatura reside en las palabras, no en las personas. Por ejemplo, miles de palabras excelentes y arduas pueden dejarnos fríos o dormidos, mientras que tan solo medio centenar de palabras exhaladas hace diez generaciones por un hombre en su agonía, o en su exaltación, o en su desidia, aún pueden introducir o sacar de la cautividad a naciones enteras, pueden abrirnos las puertas de los tres mundos, o conmovernos de una forma tan inaguantable que apenas podamos soportar mirar dentro de nuestras propias almas.
  • no soy más que un comerciante de palabras…
  • Cuando muere un abogado o un médico ilustre, siempre está muerto. Su fantasma no sigue ejerciendo en los tribunales o en el quirófano. Ahora bien, no podéis pasar por alto el hecho de que con frecuencia un escritor no empieza a vivir hasta que lleva un tiempo muerto.

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Notas de libros