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  • Un buen ejemplo del poder creativo de lo imaginal lo encontramos en la física del siglo XX, cuyas visiones relativistas y cuánticas se emanciparon del mundo tangible del mecanicismo. Nadie ha podido ni podrá tocar nunca un átomo.
  • Tanto la teoría de la relatividad como la teoría cuántica reintroducen y actualizan el viejo problema de la conciencia, que parecía zanjado con aquella distinción peregrina entre cualidades primarias y secundarias.
  • Pese a ello, la sociedad civil lleva casi un siglo haciendo oídos sordos a este cambio de paradigma que surgió de la propia física matemática. […] El dominio ha sido de tal calibre que incluso filósofos, humanistas y artistas han apostado sus vidas y su fe al mito fisicalista.
  • En cambio, algo nos enseña la evolución, y es que la inteligencia cósmica no puede ser una inteligencia «mecánica» o ingenieril.
  • El Bien general exige la existencia del depredador y de su presa, pues siempre es mejor ser devorado por otro animal que no ser convocado a la existencia: ése es el precio de la plenitud.
  • Siendo infinito, el universo resultaba inimaginable. Ni siquiera una inteligencia divina podría aprehenderlo. La emoción cósmica (algo devota) oscila entre el temor reverencial y la complacencia ante la grandeza de la creación. Prefiere rebajar el entendimiento, predisponerlo a aceptar el enigma de la existencia, aunque el Homo sapiens se mantendrá arrogante en su diminuto rincón del escenario cósmico.
  • La hipótesis de la absoluta racionalidad del cosmos terminó revelando atisbos de irracionalidad:
  • [NEWTON] Confesó a Conduitt que cuando miraba atrás se veía como un muchacho jugando a la orilla del mar, descubriendo algunos guijarros y conchas frente a un gran océano todavía por descubrir.
  • Retomando la cuestión anterior de si Newton era en realidad newtoniano, podríamos decir que el creador del mecanicismo acabó siendo, stricto sensu, un antimecanicista. Y es importante entender […] que Newton culminó la transformación intelectual que dio lugar a la ciencia moderna, pero sólo a su corriente dominante, no a toda la ciencia ni a la única posible.
  • Tiresias, el más célebre de los ciegos de la Antigüedad, perdió la vista por contemplar el baño de Atenea.
  • Como advirtió Lessing, una teoría definitiva nos dejaría desamados e incapacitados, sin posibilidad de actuar. Semejante teoría supondría el fin de la aventura de la libertad, el fin de la exigencia fundamental de la vida consciente: la búsqueda de conocimiento.
  • La teoría cuántica profundiza en el misterio de la luz. Pero no lo aclara, y por eso es tan fascinante. «La solución al misterio es siempre inferior al misterio»; Borges se refería al cuento policíaco, pero el aforismo se puede aplicar igualmente tanto a la física como a la filosofía.
  • Quizá sea el momento, después de un siglo entretenidos con analíticos y existencialistas, de proponer una filosofía de la percepción. Una filosofía de la cultura mental que aspire a crear nuevos órganos. Quizá sea el momento de proponer ese reajuste interior, ahora que demasiados hábitos culturales y dogmas educativos constriñen la visión. El fuego de Empédocles puede encontrar el camino de regreso.
  • A principios del pasado siglo, William James protestaba contra la visión deprimente y apocada de la ciencia hegemónica, que «convierte a los ideales en productos inertes de la fisiología y donde lo elevado es explicado por lo inferior».
  • Lo mental debe ocupar el centro del escenario de la vida, el centro mismo del mundo natural. La ciencia supone lo inteligible, un orden, pero el mundo no sólo puede describirse, también puede comprenderse, y esa comprensión es un fenómeno mental. Suponer la inteligibilidad del orden natural es acercarse a cierto idealismo (platónico o prusiano). Por un lado, se considera que «la inteligibilidad del mundo no es ningún accidente» y, por el otro, que «el empirismo puro no basta». Surgen entonces dos preguntas. La primera sería cuánta inteligibilidad puede ser subsumida bajo leyes matemáticas universales que rijan el espacio-tiempo. La segunda, si hay otros modos de comprensión que expliquen lo que la física no explica. Se pretende ampliar la imagen materialista del mundo. La física no yerra, simplemente es sólo parte de la verdad.
  • Fray Luis de León, para quien el sabio no es que entiende el mundo, sino el que se desentiende de él, dándolo por imposible de entender.
  • PAUL FEYERABEND: «¿No es posible –pregunta Kierkegaard- que mi actividad como observador objetivo [o crítico-racional] debilite mi fuerza como ser humano?»
  • No hay una naturaleza absurda, cruel o inexorable; no somos hijos pródigos del mundo, aislados y desconectados. Está en nuestras manos incrementar la coherencia del mundo. Pertenencia, unidad y participación son aquí los conceptos clave.
  • El mundo empieza entonces a percibirse como si fuera puramente exterior y material, como si estuviera inanimado y divorciado de la percepción consciente. La vieja participación, clásica y medieval, se abandona.
  • Resulta paradójico que una generación decididamente literalista como la de finales del siglo XIX aceptara el «inconsciente colectivo» y no admitiera la posibilidad de un «consciente colectivo» en forma de mundo fenoménico.
  • Participamos del mundo de manera natural en los sueños, pero, una vez arrinconada históricamente la participación, vivimos a la sombra de los ídolos. La infancia del mundo y la de la vida fueron otra cosa, mucho más participativas. El aislamiento general de la conciencia no parece ser independiente de esa enfermedad moderna llamada depresión.
  • La espiral de conocimiento explica tanto los cambios que se producen en las diferentes etapas de la vida humana como las transformaciones históricas y epistemológicas, aquellos momentos en los que, a través de las grietas de la espiral, penetra una nueva luz. Un fenómeno que Skolimowski llama «dolor del devenir».
  • Sentimos en nuestros huesos el genio de la vida e instintivamente sabemos que no se trata en absoluto de un accidente; llevamos incorporadas formas de vida primitiva y nadie puede refutar esa sensación. A pesar de que el espíritu aspira a lo comprensivo, el tedio de la atomización y de la vida fragmentada sigue predominando en las cosmovisiones modernas. Pero la ciencia cambia con frecuencia de lentes, así que lo último que deberíamos esperar de ella es una perspectiva definitiva.
  • La adquisición continua de conocimiento no conduce necesariamente a la claridad, sino que llega un momento en que todo lo que sabemos oscurece nuestra visión, dejándonos en un estado de perplejidad […] En esas situaciones es necesaria una poda radical, y la mente, si no quiere enloquecer, debe establecer nuevos patrones de simplicidad. Esto nos lleva a replantearnos el sentido de lo simple y lo complejo.
  • cuando el conocimiento se torna demasiado complejo hace falta un nuevo logos, una nueva inteligencia que devuelva el conocimiento a la vida.
  • Guiadas por el sueño de la objetividad, las corrientes dominantes de la ciencia han renunciado a esa tarea con la esperanza de ver «las cosas como son», objetivamente, como si los seres vivos que perciben no estuvieran en el mundo ni formaran parte de él. No es de extrañar que el resultado de todo ello sea un universo frío y desafecto, donde la conciencia, el saberse ser, resulta en un fenómeno accidental prescindible. ¿Nos quedaremos de brazos cruzados?

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